Pequeña llama

En Encino, New Mexico, asistí por casualidad al funeral del reverendo Clifton Hallen, de la Iglesia Evangélica; hombre que ejerció su ministerio desde el fanatismo y desde la más absoluta intransigencia filosófica. Era viudo, y pasó sus últimos años en compañía de una de sus hermanas, la cual, seguramente, era la persona en el mundo que mejor le había conocido. Militó entre las filas de los creacionistas, abominando, en pleno siglo XXI, de las teorías de Darwin; dedicando mucho tiempo y dinero a arrojar niebla sobre cualquier convención científica (y esto abarcaba campos como la geología, la antropología, la paleontología, la astronomía, la física teórica, la botánica, etc.) que contradijese la interpretación literal de las Sagradas Escrituras.

Sentía muy poca simpatía por los católicos, a los que llamaba adoradores de Santos, o hijos de Babilonia. Se refería a los musulmanes como infieles, y, a los seguidores de cualquier otra religión, sencillamente como paganos.

Durante el funeral todos ponderaron la firmeza de convicciones y la abnegación del difunto. –Pocas veces he visto un hombre con una fe tan poderosa –afirmó uno de sus amigos. –Te equivocas, –dijo plácida y tristemente la hermana –su fe era tan débil e insignificante que jamás se permitió contrastarla con nada, y siempre la guardo con celo, como se guarda la llama de una cerilla cuando sabemos que la más leve brisa puede apagarla.

La amenaza

(nota: Este  breve relato está basado casi literalmente en algo que le sucedió a mi amiga María Luisa Catalán, y que ella me contó con tanta gracia.)

En los Pirineos, cerca de Jaca, hay un monasterio engarzado en la roca que contempla los valles  desde las alturas, entre paredes pétreas que lo sobrepasan y lo cobijan.

Subir a visitarlo estaba en el programa de nuestro viaje de fin de curso. Y allá fuimos, el guía local en su dos caballos abriendo camino, y detrás, nuestro autobús con cuarenta niñas de la costa alicantina encogidas de frío, avanzando por la escarpada y zigzagueante carretera entre el paisaje nevado. En cada curva cerrada, el morro y la parte trasera del autobús quedaban expuestos al vacío, haciéndonos contener la respiración y aportando una inesperada nota de peligro a nuestro predecible y organizadísimo tour.

Finalmente el autocar aparcó en una pequeña explanada ante las vetustas puertas del monasterio, y tras extasiarnos un instante con las vistas y sentir el aire helado acartonando nuestras mejillas, entramos en el recinto en fila india, dirigidas por las monjas, nuestras preceptoras. Con voz monótona, el guía comenzó su cantinela acerca del  claustro y de las estatuas y reliquias que albergaba el edificio. Y nosotras lo seguíamos calladas, escuchándolo todo con resignación. Pero aquel lugar resultaba algo tétrico para nuestras almas infantiles, de manera que los parpados se nos iban cerrando, y algunas comenzábamos a cabecear, exponiéndonos a los terribles pellizcos de las hermanas.

 En esas estábamos cuando, inesperadamente, apareció un hombre con aspecto de pastor que interrumpió la explicación y exclamó con tono apremiante: “ ¡La niebla… La niebla! “

El guía palideció, y su verborrea sobre la arquitectura e historia del lugar se acelero hasta resultar casi ininteligible. Sus pasos también adquirieron una extraordinaria viveza, de manera que nos hacía correr de un lado a otro sobre las sagradas losas, finiquitando lo que quedaba de recorrido en un santiamén.

Las monjas, contagiadas de su inquietud, nos hicieron salir rompiendo filas y subir al autobús. Pero para cuando este pudo arrancar, ya nuestro guía había cerrado las puertas del monumento con un giro de la maciza llave, se había montado en el dos caballos y había comenzado el descenso a una velocidad que no hubiese desmerecido en el rally de Montecarlo.

Levantamos la vista hacia las altas paredes, y pudimos ver la niebla, cuya masa gris descendía implacable, cerniéndose sobre nosotros. Y bajamos con inquietud por la vertiginosa carretera, el conductor y las monjas con el rostro concentrado, y nosotras mirando hacia atrás de vez en cuando, viendo como la nube engullía por completo el monasterio y seguía descendiendo; temiendo que nos alcanzara, que nos envolviera en su limbo, que nos corroyese el alma o los huesos.

Retorno

Dejó su tierra natal y, durante años, recorrió lejanos países. Muchas sendas pisaron sus pies; cosas asombrosas vieron sus ojos; con gentes de diversas razas compartió el pan y el camino.

Cuando regresó las montañas que rodeaban su valle no le parecieron ya tan altas, ni tan viejo el olmo de la plaza, y el caserón del marqués había menguado en magnificencia. En cambio, comprendió la excelencia del vino de su lagar, y supo apreciar la venerable antigüedad de la iglesia románica y el sosiego y pureza de los dilatados campos. Viajar le había servido para matizar la medida de las cosas.

Entonces meditó sobre su ser, dirigiendo sus pensamientos hacia el interior; pero su alma le pareció tan insondable como siempre. Comprendió que todas sus vivencias eran tan leves como una piedrecita que al sumergirse provoca débiles hondas en la quieta superficie de un lago inmenso y profundo.

El ágape

(Fragmentos del diario de Julia Arnau)

29 de Octubre

Ya no salgo nunca. Y no es por esa silla de ruedas a la que he quedado condenada, si fuera necesario tengo a Imelda para empujarla y para atenderme en la calle, del mismo modo que me atiende en casa. Quien quiera verme tendrá que venir aquí; pero no vienen, porque saben que no quiero ver a nadie; no quiero verles jóvenes y felices, capaces de caminar, incluso de bailar, mientras yo permanezco en este mausoleo, vieja e impedida.

Creo que merezco algo más que su fingida compasión, después de todo hubo un tiempo en que yo era como una reina para todos ellos. Sí, eso nadie puede quitármelo: aquellos años maravillosos, cuando Ernesto presidía el Ateneo… Las fiestas, las recepciones, las noches de teatro… Solo Gloria Gálvez, la soprano, fue capaz de competir conmigo en influencia y número de admiradores. ¡La Gálvez, que fue una de las mujeres de bandera del mundillo cultural…! Pero incluso ella me trató siempre con deferencia.

2 de Noviembre

… Por la tarde ha venido Julián. Me ha traído unos dulces y los hemos tomado con horchata. Me ha regañado por no haber ido ayer al cementerio. Yo le he contestado que me niego a visitar ese archivo de cenizas; que ya mandé llenar de flores la tumba de Ernesto, aunque allí no quede ya nada de  él. Soy yo la que está viva y necesita atención, y sin embargo, estoy olvidada y enterrada para muchos. Luego me ha sugerido que compre uno de esos horribles cochecitos mecánicos para inválidos, pero le he prohibido volver a hablarme del asunto: a mi edad, me sentiría ridícula montada en un artefacto motorizado.

6 de Noviembre

Hoy ha vuelto a visitarme Julián, esta vez acompañado de Pepi Juárez. La ha traído para ayudarle a convencerme de que asista a la fiesta del centenario del Ateneo, que al parecer se celebra dentro de una semana. Yo me he resistido con mil argumentos, pero al final han logrado convencerme.

Quizás sea mejor así; será como una despedida. Tengo que buscar un vestido adecuado para Imelda; yo me pondré cualquier cosa. Estarán todos allí, al menos los que quedan vivos… Ahora podrán ver la magnitud de mi desdicha y la impiedad de su abandono. De nuevo seré el centro de la reunión, aunque esta vez de un modo patético.

13 de Noviembre

Tengo encima una sensación de cansancio infinito. Nunca dejaran de sorprenderme lo desagradecidas e inhumanas que pueden llegar a ser las personas.

¡Qué horrible fiesta, y que desengañada me sentí! Todos estaban alegres y apenas me prestaron atención. Me saludaban y enseguida huían, no se si espantados por mi semblante lastimero. Gloria Gálvez estaba entre los invitados, ¡y también en silla de ruedas! Y como resulta que está peor que yo, porque padece la enfermedad de Parkinson, acaparó toda la atención. Además, la cuidadora que la acompañaba era más guapa e iba más elegantemente vestida que Imelda.

Por si fuera poco, también Luis Medina acudió a la fiesta en una de esas sillas motorizadas y se pasó toda la noche de aquí  para allá, haciendo gala de muy buen humor y contando chascarrillos. Así que, Imelda y yo, estuvimos casi toda la velada con caras de pánfilas, ignoradas; abandonadas en un rincón como si fuésemos invisibles.

¡Ojalá Dios me lleve pronto de este mundo, para no tener que presenciar tanta ingratitud…!

Bob Dylan

La canción, como un árbol,

Brota del suelo abrasado

Y crece potente desplegando sus ramas

Hacia el cielo azul del verano.
 

Bajo el frescor y consuelo de ese ramaje

Se crea un nuevo ámbito donde se enamoran

Jóvenes de belleza mercurial

Y niños descalzos juegan y ríen

Amparados por ancianas venerables.

Aquí, hombres consumidos a los que la injusticia

Ha quemado hasta los huesos,

Hallan al fin el violín que cante su desdicha.
 

El viento hace sonar las ramas

Y les arranca

Su dilatado discurso de dolor y de amor.

Porque el desierto ha roto el corazón del viento

Y ya no queda sino cantar

El lamento de la tierra seca

Que sueña con las nubes que vendrán;

Con el agua que correrá sobre el suelo atormentado,

Que en breve gloria ha de florecer.
 

Bajo la gran  copa

Se demoran un instante,

Aquellos que un día eligieron la carretera

Para evitar que su sangre se volviese arena seca.

Y las muchachas perdidas,

En busca de la mirada que sepa ver su interior.

Y hombres buenos que rompieron

Las cadenas de sus hermanos;

Y  hombres cuyas almas de pájaro

Arden al viento como fuego.
 

Descansan en torno al árbol, inquieto y mágico

Cuyas raíces beben de ríos subterráneos;

De los sones campesinos,

De la música criolla,

Del espíritu de los negros, lamento o alegría;

De las guitarras mexicanas…
 

Todos ellos, Bob, quisieran trenzar

Con flores eternas

Una guirnalda que no se marchite,

Promesa de todo cuanto ha de perdurar,

Y coronar con ella tu frente ajada.

Amor improbable.

Desde el primer momento supe que eras una gacela; que tu corazón tan tierno no estaba hecho para ser maltratado. Y claro, también eras grácil y torpe, libre y gentil, como han de ser las gacelas de buena familia.

En el fondo yo me sabía lobo; aunque, desde luego, hubiese preferido ser como un ciervo, porque así podría haberte amado de la mejor manera posible: como ciervo curtido, majestuoso y protector, sin ese ansia mía devoradora, feroz y acechante.

Con tesón fui construyendo un disfraz tan elaborado que conseguí engañarte: un traje de lobo con piel de gacela. Me gustaba deambular a tu lado, y quizás tú dejaste de ver, en la expresión de mis ojos, ese fuego que al principio te inquietaba.

Con el tiempo he comprendido que son tres las características psicológicas que impulsan a tu estirpe: el sentido de protección, la necesidad inapelable de libertad y el anhelo eterno de la hierba que crece más allá del horizonte. En cambio, mi raza, ha sido impelida desde tiempos inmemoriales por el deseo, es decir, por el hambre.

No sin esfuerzo he renunciado a aullar (sé que esto provocaría en ti un miedo atávico). Las noches de luna llena me quedo a tu lado, y nuestro juego es siempre una lucha fingida que termina en caricias. Sé que pronto tendremos descendencia y me pregunto cómo serán nuestros hijos: quizás cervatillos-lobo… ¡Tan anhelantes, tan frágiles, tan feroces…!