Fábula

He oído decir que los niños de teta, cuando oyen llorar a otro bebé, o sienten que alguien sufre cerca de ellos, se muestran tristes e inquietos, e intentan consolar a quien padece, y no recobran la alegría hasta que la paz vuelve a reinar en su entorno. Me pregunto en qué punto del camino perdemos o se nos arrebata esa cualidad.

Entre nuestra ciudad y la de los tolmenos la tierra se despeña en un profundo cañón por cuyo fondo discurre, mil metros más abajo, un río de aguas terrosas e inquietas. Llamamos a este barranco la depresión del Rifell.

Durante mucho tiempo, nuestra ciudad estuvo aislada de los tolmenos y de las otras tres ciudades que pueblan la margen oriental del Rifell, viviendo de espaldas los unos a los otros; pero, hace un siglo, nuestros antepasados construyeron un puente de admirable ingeniería en el lugar donde los dos extremos del precipicio se acercan como queriendo tocarse, y desde entonces hemos disfrutado del comercio y del intercambio con las culturas del este.

Aquellos de nosotros de espíritu viajero, dejamos de estar limitados a las ciudades occidentales o a las playas del sur, abriéndose a nuestros ojos el exotismo de las poblaciones del otro lado, con sus villas, monumentos y mercados. Y los tolmenos aprendieron de nuestra ciencia; y nosotros de su medicina; y, con el paso del tiempo, fuimos observando con placer cómo los vecinos iban adquiriendo algunas de nuestras más queridas costumbres, y una cierta hermandad se ha forjado entre nosotros, de manera que hoy nos gusta llamarnos “los pueblos de las riberas del Rifell”.

Un día, sin que nadie lo esperase, llegaron los urnos, pueblo guerrero de las estepas orientales, y cayeron como la tormenta sobre las cuatro ciudades del este; pero a nosotros no nos atacaron.

En mi opinión, esta estrategia es un síntoma de gran inteligencia por parte de los urnos, aunque nuestros dignatarios afirman que ha sido nuestra ciencia y potencia militar la que ha disuadido a los invasores.

Nuestros vecinos de las cuatro ciudades han luchado valientemente, a pesar de lo inesperado y violento del ataque; pero los urnos se han adentrado ya en gran parte de sus territorios, perpetrando atrocidades y causando gran mortandad. Nosotros, por nuestra parte, hemos cerrado y fortificado el puente, estableciendo rigurosos controles fronterizos.

Aún así, una oleada de desesperados logró atravesar hace unos meses el puente, hecho que sirvió de detonante a fuertes controversias, pues algunos abogaron por hacer un frente común con los tolmenos, mientras otros, se han negado desde el principio a intervenir en la guerra, y advierten del peligro que supondría para nuestro bienestar recibir un éxodo masivo de desplazados.

El debate era encendido y caldeaba cada vez más la vida pública; hasta que una noche, mientras dormíamos, sentimos un estremecimiento y una sorda conmoción, y la luz del día nos reveló que alguien había volado el puente sobre el Rifell.

Va pasando el tiempo y la vida continúa en nuestra ciudad, donde no dejamos de acudir a las carreras de caballos que tanto nos gustan, y de celebrar competiciones deportivas así como concursos de belleza. Nuestro príncipe ha organizado recientemente unos juegos florales donde varios dignatarios han sido condecorados con la medalla de la paz, destacándose en los discursos el merito que este galardón supone en tiempos tan convulsos. Y en el verano viajamos a las playas del sur, y todo es normal, de no ser porque, a veces, en el fondo del cañón, se ven pequeñitos los cadáveres que el río deposita en la orilla.

Los que viven cerca del barranco, han visto alguna vez, figuras que pasean cabizbajas del otro lado, al borde del abismo, y que acaban por arrojarse al vacío.

A veces algún intrépido logra atravesar la corriente y escalar la  inconsistente ladera del barranco llegando con vida hasta nosotros, pero es recibido con frialdad por nuestros soldados, y, ante la imposibilidad de devolverlo, es internado con otros exiliados en un miserable campamento provisional.

Contra todo pronóstico, los tolmenos, siguen resistiendo, pero al parecer sus enemigos les han acorralado contra la depresión del Rifell, donde se teme que se produzca una terrible matanza.

Nos llegan además otras noticias inquietantes, que algunos tildan de rumores: se dice que los urnos han rodeado ya la depresión del Rifell por el norte y han pasado a este lado, atacando Aúrica, pero respetando al resto de nuestras ciudades. También se dice que las poblaciones más próximas al conflicto, están levantando un muro que las separe de  Aúrica y de los urnos.

Queremos pensar que todo eso sucede aún lejos de nosotros, y continuamos con nuestro día a día, aunque, eso sí, evitamos acercarnos al Rifell, porque a menudo se oyen del otro lado, gritos atroces, y las aguas, allá  en lo hondo, descienden a veces demasiado rojas, y esas cosas le producen desazón a cualquiera.

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Pequeña llama

En Encino, New Mexico, asistí por casualidad al funeral del reverendo Clifton Hallen, de la Iglesia Evangélica; hombre que ejerció su ministerio desde el fanatismo y desde la más absoluta intransigencia filosófica. Era viudo, y pasó sus últimos años en compañía de una de sus hermanas, la cual, seguramente, era la persona en el mundo que mejor le había conocido. Militó entre las filas de los creacionistas, abominando, en pleno siglo XXI, de las teorías de Darwin; dedicando mucho tiempo y dinero a arrojar niebla sobre cualquier convención científica (y esto abarcaba campos como la geología, la antropología, la paleontología, la astronomía, la física teórica, la botánica, etc.) que contradijese la interpretación literal de las Sagradas Escrituras.

Sentía muy poca simpatía por los católicos, a los que llamaba adoradores de Santos, o hijos de Babilonia. Se refería a los musulmanes como infieles, y, a los seguidores de cualquier otra religión, sencillamente como paganos.

Durante el funeral todos ponderaron la firmeza de convicciones y la abnegación del difunto. –Pocas veces he visto un hombre con una fe tan poderosa –afirmó uno de sus amigos. –Te equivocas, –dijo plácida y tristemente la hermana –su fe era tan débil e insignificante que jamás se permitió contrastarla con nada, y siempre la guardo con celo, como se guarda la llama de una cerilla cuando sabemos que la más leve brisa puede apagarla.

La amenaza

(nota: Este  breve relato está basado casi literalmente en algo que le sucedió a mi amiga María Luisa Catalán, y que ella me contó con tanta gracia.)

En los Pirineos, cerca de Jaca, hay un monasterio engarzado en la roca que contempla los valles  desde las alturas, entre paredes pétreas que lo sobrepasan y lo cobijan.

Subir a visitarlo estaba en el programa de nuestro viaje de fin de curso. Y allá fuimos, el guía local en su dos caballos abriendo camino, y detrás, nuestro autobús con cuarenta niñas de la costa alicantina encogidas de frío, avanzando por la escarpada y zigzagueante carretera entre el paisaje nevado. En cada curva cerrada, el morro y la parte trasera del autobús quedaban expuestos al vacío, haciéndonos contener la respiración y aportando una inesperada nota de peligro a nuestro predecible y organizadísimo tour.

Finalmente el autocar aparcó en una pequeña explanada ante las vetustas puertas del monasterio, y tras extasiarnos un instante con las vistas y sentir el aire helado acartonando nuestras mejillas, entramos en el recinto en fila india, dirigidas por las monjas, nuestras preceptoras. Con voz monótona, el guía comenzó su cantinela acerca del  claustro y de las estatuas y reliquias que albergaba el edificio. Y nosotras lo seguíamos calladas, escuchándolo todo con resignación. Pero aquel lugar resultaba algo tétrico para nuestras almas infantiles, de manera que los parpados se nos iban cerrando, y algunas comenzábamos a cabecear, exponiéndonos a los terribles pellizcos de las hermanas.

 En esas estábamos cuando, inesperadamente, apareció un hombre con aspecto de pastor que interrumpió la explicación y exclamó con tono apremiante: “ ¡La niebla… La niebla! “

El guía palideció, y su verborrea sobre la arquitectura e historia del lugar se acelero hasta resultar casi ininteligible. Sus pasos también adquirieron una extraordinaria viveza, de manera que nos hacía correr de un lado a otro sobre las sagradas losas, finiquitando lo que quedaba de recorrido en un santiamén.

Las monjas, contagiadas de su inquietud, nos hicieron salir rompiendo filas y subir al autobús. Pero para cuando este pudo arrancar, ya nuestro guía había cerrado las puertas del monumento con un giro de la maciza llave, se había montado en el dos caballos y había comenzado el descenso a una velocidad que no hubiese desmerecido en el rally de Montecarlo.

Levantamos la vista hacia las altas paredes, y pudimos ver la niebla, cuya masa gris descendía implacable, cerniéndose sobre nosotros. Y bajamos con inquietud por la vertiginosa carretera, el conductor y las monjas con el rostro concentrado, y nosotras mirando hacia atrás de vez en cuando, viendo como la nube engullía por completo el monasterio y seguía descendiendo; temiendo que nos alcanzara, que nos envolviera en su limbo, que nos corroyese el alma o los huesos.

Retorno

Dejó su tierra natal y, durante años, recorrió lejanos países. Muchas sendas pisaron sus pies; cosas asombrosas vieron sus ojos; con gentes de diversas razas compartió el pan y el camino.

Cuando regresó las montañas que rodeaban su valle no le parecieron ya tan altas, ni tan viejo el olmo de la plaza, y el caserón del marqués había menguado en magnificencia. En cambio, comprendió la excelencia del vino de su lagar, y supo apreciar la venerable antigüedad de la iglesia románica y el sosiego y pureza de los dilatados campos. Viajar le había servido para matizar la medida de las cosas.

Entonces meditó sobre su ser, dirigiendo sus pensamientos hacia el interior; pero su alma le pareció tan insondable como siempre. Comprendió que todas sus vivencias eran tan leves como una piedrecita que al sumergirse provoca débiles hondas en la quieta superficie de un lago inmenso y profundo.

El ágape

(Fragmentos del diario de Julia Arnau)

29 de Octubre

Ya no salgo nunca. Y no es por esa silla de ruedas a la que he quedado condenada, si fuera necesario tengo a Imelda para empujarla y para atenderme en la calle, del mismo modo que me atiende en casa. Quien quiera verme tendrá que venir aquí; pero no vienen, porque saben que no quiero ver a nadie; no quiero verles jóvenes y felices, capaces de caminar, incluso de bailar, mientras yo permanezco en este mausoleo, vieja e impedida.

Creo que merezco algo más que su fingida compasión, después de todo hubo un tiempo en que yo era como una reina para todos ellos. Sí, eso nadie puede quitármelo: aquellos años maravillosos, cuando Ernesto presidía el Ateneo… Las fiestas, las recepciones, las noches de teatro… Solo Gloria Gálvez, la soprano, fue capaz de competir conmigo en influencia y número de admiradores. ¡La Gálvez, que fue una de las mujeres de bandera del mundillo cultural…! Pero incluso ella me trató siempre con deferencia.

2 de Noviembre

… Por la tarde ha venido Julián. Me ha traído unos dulces y los hemos tomado con horchata. Me ha regañado por no haber ido ayer al cementerio. Yo le he contestado que me niego a visitar ese archivo de cenizas; que ya mandé llenar de flores la tumba de Ernesto, aunque allí no quede ya nada de  él. Soy yo la que está viva y necesita atención, y sin embargo, estoy olvidada y enterrada para muchos. Luego me ha sugerido que compre uno de esos horribles cochecitos mecánicos para inválidos, pero le he prohibido volver a hablarme del asunto: a mi edad, me sentiría ridícula montada en un artefacto motorizado.

6 de Noviembre

Hoy ha vuelto a visitarme Julián, esta vez acompañado de Pepi Juárez. La ha traído para ayudarle a convencerme de que asista a la fiesta del centenario del Ateneo, que al parecer se celebra dentro de una semana. Yo me he resistido con mil argumentos, pero al final han logrado convencerme.

Quizás sea mejor así; será como una despedida. Tengo que buscar un vestido adecuado para Imelda; yo me pondré cualquier cosa. Estarán todos allí, al menos los que quedan vivos… Ahora podrán ver la magnitud de mi desdicha y la impiedad de su abandono. De nuevo seré el centro de la reunión, aunque esta vez de un modo patético.

13 de Noviembre

Tengo encima una sensación de cansancio infinito. Nunca dejaran de sorprenderme lo desagradecidas e inhumanas que pueden llegar a ser las personas.

¡Qué horrible fiesta, y que desengañada me sentí! Todos estaban alegres y apenas me prestaron atención. Me saludaban y enseguida huían, no se si espantados por mi semblante lastimero. Gloria Gálvez estaba entre los invitados, ¡y también en silla de ruedas! Y como resulta que está peor que yo, porque padece la enfermedad de Parkinson, acaparó toda la atención. Además, la cuidadora que la acompañaba era más guapa e iba más elegantemente vestida que Imelda.

Por si fuera poco, también Luis Medina acudió a la fiesta en una de esas sillas motorizadas y se pasó toda la noche de aquí  para allá, haciendo gala de muy buen humor y contando chascarrillos. Así que, Imelda y yo, estuvimos casi toda la velada con caras de pánfilas, ignoradas; abandonadas en un rincón como si fuésemos invisibles.

¡Ojalá Dios me lleve pronto de este mundo, para no tener que presenciar tanta ingratitud…!

Bob Dylan

La canción, como un árbol,

Brota del suelo abrasado

Y crece potente desplegando sus ramas

Hacia el cielo azul del verano.
 

Bajo el frescor y consuelo de ese ramaje

Se crea un nuevo ámbito donde se enamoran

Jóvenes de belleza mercurial

Y niños descalzos juegan y ríen

Amparados por ancianas venerables.

Aquí, hombres consumidos a los que la injusticia

Ha quemado hasta los huesos,

Hallan al fin el violín que cante su desdicha.
 

El viento hace sonar las ramas

Y les arranca

Su dilatado discurso de dolor y de amor.

Porque el desierto ha roto el corazón del viento

Y ya no queda sino cantar

El lamento de la tierra seca

Que sueña con las nubes que vendrán;

Con el agua que correrá sobre el suelo atormentado,

Que en breve gloria ha de florecer.
 

Bajo la gran  copa

Se demoran un instante,

Aquellos que un día eligieron la carretera

Para evitar que su sangre se volviese arena seca.

Y las muchachas perdidas,

En busca de la mirada que sepa ver su interior.

Y hombres buenos que rompieron

Las cadenas de sus hermanos;

Y  hombres cuyas almas de pájaro

Arden al viento como fuego.
 

Descansan en torno al árbol, inquieto y mágico

Cuyas raíces beben de ríos subterráneos;

De los sones campesinos,

De la música criolla,

Del espíritu de los negros, lamento o alegría;

De las guitarras mexicanas…
 

Todos ellos, Bob, quisieran trenzar

Con flores eternas

Una guirnalda que no se marchite,

Promesa de todo cuanto ha de perdurar,

Y coronar con ella tu frente ajada.