África

El hombre viejo ha realizado dos clases de viajes a lo largo de su vida: los, digamos físicos, recorriendo remotos lugares para conocer a otras personas y respirar y sentir el paisaje que las ha ido forjado; y los virtuales, realizados a través del cine de la música, de la literatura… Ha conocido infinidad de lugares, pero nunca ha visitado físicamente África. Esta posibilidad ha sido postergada durante años, como se posterga el mejor plato de un íntimo banquete. Cuántas veces su imaginación ha anticipado con placer la primera visita a esa tierra; a ese estado de ánimo, al que reconoce haber idealizado otorgándole un aura de intensidad elemental, de belleza neta, de aventura y de invencible fuerza telúrica. Y por fin, hoy, su avión está aterrizando en Nairobi. El corazón se le acelera, y cree percibir ya, la fragancia de la sabana en el atardecer, la totémica silueta del elefante, el sonido de un tambor en lo oscuro… y el hombre viejo desciende a tierra con la emoción que solo sienten los que regresan; los que vuelven a la infancia, a su casa, al punto de partida.

Influencia

Me gustaba la noche. De día yo era un ser alienado; un tipo incomprendido, somnoliento y cabizbajo que no encontraba su lugar en esta maldita ciudad. Pero de noche tenía mis cómics, mis libros y la radio.

Cuando todos dormían yo permanecía con la luz encendida y conectaba el transistor con el volumen adecuado para no molestar (es curioso que, ahora, encerrado en esta celda donde dispongo de tanto tiempo y silencio, apenas escuche ya la radio). Luego me servía un poco de  coñac y, la mezcla de ligera embriaguez y estímulo que me producía se sumaba a la embriaguez y al estimulo de las voces de los locutores y de las melodías que estos lanzaban a las ondas.

Que cálidas y carismáticas son a veces esas voces de los locutores de radio; y que maravilloso que alguien hable para ti, que ponga música para ti, y, al mismo tiempo, para tantas otras almas solitarias. Os aseguro que hay un duende en las ondas que recorren la noche; un duende que te hechiza  y puede contarte historias maravillosas; que recupera para ti canciones olvidadas y te hace comprender que no estás solo; que muchos han sentido en el pasado los mismos anhelos e inquietudes que sientes tú. Ese duende puede hacerte sabio en mil materias, pero también puede darte a conocer la fe y los dogmas de una religión o inyectarte todo el odio que un locutor enfermo ha alimentado a lo largo de su vida.

Cuando uno está solo se vuelve desconfiado y se siente más seguro teniendo cerca algún arma.

El juez no quiso comprender que yo de algún modo, no era dueño de mis actos; que no pude escapar de su hechizo, porque ellos nos tienen; porque pueden darnos lo que necesitamos y porque saben muy bien hasta que punto estamos solos.

La última palabra

Roque “el Tiznao” era el más testarudo del pueblo. Cuando murió dejó abiertas varias controversias sobre diferentes cuestiones; ya que, por más diáfanamente que los hechos le pusieran la verdad ante los ojos, jamás se desdijo de una opinión ni dio del todo su brazo a torcer.

En su lápida dejó escrito: “El tiempo me dará la razón”.

( Este microrrelato participa en la página estanochetecuento.com, cuyo tema este trimestre es: epitafios.)

Amor improbable.

Desde el primer momento supe que eras una gacela; que tu corazón tan tierno no estaba hecho para ser maltratado. Y claro, también eras grácil y torpe, libre y gentil, como han de ser las gacelas de buena familia.

En el fondo yo me sabía lobo; aunque, desde luego, hubiese preferido ser como un ciervo, porque así podría haberte amado de la mejor manera posible: como ciervo curtido, majestuoso y protector, sin ese ansia mía devoradora, feroz y acechante.

Con tesón fui construyendo un disfraz tan elaborado que conseguí engañarte: un traje de lobo con piel de gacela. Me gustaba deambular a tu lado, y quizás tú dejaste de ver, en la expresión de mis ojos, ese fuego que al principio te inquietaba.

Con el tiempo he comprendido que son tres las características psicológicas que impulsan a tu estirpe: el sentido de protección, la necesidad inapelable de libertad y el anhelo eterno de la hierba que crece más allá del horizonte. En cambio, mi raza, ha sido impelida desde tiempos inmemoriales por el deseo, es decir, por el hambre.

No sin esfuerzo he renunciado a aullar (sé que esto provocaría en ti un miedo atávico). Las noches de luna llena me quedo a tu lado, y nuestro juego es siempre una lucha fingida que termina en caricias. Sé que pronto tendremos descendencia y me pregunto cómo serán nuestros hijos: quizás cervatillos-lobo… ¡Tan anhelantes, tan frágiles, tan feroces…!

Con Maruja en los Cárpatos.

Transilvania es así, llegas y encuentras pueblos medievales y gentes esquivas con sus trajes típicos, como de lagarteranos; y todos te huyen, sobre todo ese conde, Vlad. Y yo creo que es por la costumbre de Maruja de comer tanto alioli. Por cierto, que el tal Vlad, será todo lo aristócrata que tú quieras, ¡pero tacaño…! Tiene el catillo que da pena: ni wifi, ni ordenador, ni tele… solo cuatro muebles llenos de telarañas y cuatro tapices apolillados.

Hemos  conocido también a un chico muy callado que es licántropo —que no sé yo qué carrera será esa—, pero como es muy peludo y como mi maruja es esteticién, se empeñó el otro día en hacerle la cera. Total, que lo dejó al pobre en carne viva.

La noche de Walpurgis fuimos a una fiesta rave en el bosque. Mucho desfase (hasta llevaron una cabra grande), pero demasiado gótica para mi gusto. Y es que como España para la fiesta… Maruja dio la nota pidiendo que le pusieran un pasodoble, y luego se puso de morros porque, en medio del desmadre, una tía muy pálida me dio un chupetón en el cuello que no veas, y claro, me dejó marca.

Otro día nos invitaron a una misa negra. ¡Y Maruja que sí, que vamos, Pepe, que a mí me gusta mucho el góspel! En fin, qué te voy a contar…que tengo ganas de volver.  De España lo que más echo de menos, fíjate que curioso, es la sangre con cebolla.

Abre y entra.

Me dijeron que tuviese cuidado, que dentro había un loco que comía animalitos vivos, el cual, habría de rebelarse contra el mal y su propia locura. Que encontraría jóvenes abnegados y muchachas llenas de vida, amor e inteligencia, cuya juventud era acechada por el ansia de un viejo triste y maldito. Y otro viejo heroico y cazador. Y lobos, fuegos fatuos, gusanos y tierra removida. Y un castillo entre la niebla y el vértigo. Y un barco desdichado. Y toda la ciudad de Londres amenazada con sus puentes, sus teatros y sus multitudes. Yo quería ver todo eso, así que abrí las tapas y me puse a leer las páginas del más famoso libro de vampiros.

El idiota

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Treinta años y es como un niño de diez. Su corpachón de campesino no ha perdido el ritmo pausado del campo, y  camina sin prisa por las sucias y ruidosas calles donde los demás se apresuran siempre.

Esta ciudad tan saturada de ruidos y de cosas es un desierto de felicidad donde apenas se puede hallar una sonrisa limpia; donde los jóvenes se avergüenzan de la ternura y de la piedad, y tienen, siempre dispuesta, la flor del cinismo asomando a la boca.

Si os cruzáis con él e intentáis hablarle os mirará con el ceño fruncido, como queriendo escrutar vuestras intenciones, y solo si en ellas hay bondad y compasión podréis obtener de él unas palabras. Descubriréis entonces que atesora invencibles recuerdos de un mundo diáfano y luminoso; del calor de gentes acostumbradas a la  dureza que no han perdido la solidaridad ni la ternura; de un lugar donde no están desterrados el silencio y la gracia. ¿Qué se puede comparar a la alegría de una fuente clara  que mana de las rocas desnudas entre el verdor, o al sol que nos calienta la piel en el aire limpio y fragante de la mañana? Pero vaga por las calles turbias sabiéndose un error que no tiene cabida en este caos organizado. Buscando; buscando la voz amiga de la señora Fina, o la de Tomás  el quiosquero, que charla con él y le regala pipas.

Su andar, pausadísimo,  no está  exento de elegancia. Tampoco sus ropas pobres pero pulcras. La madre se ocupa de eso; la madre es como la tierra que guarda, en las manos, en el rostro curtido, en el olor del cuerpo la fuerza y la pureza del campo.

A veces, ante la luna, ante un atardecer tras el  bosque de antenas de las terrazas, o dibujando torpemente una flor con su armonía de tallos y de pétalos, siente que todo se encaja dentro de él, y es como cuando la naturaleza lo acogía en la paz de los campos o de los huertos. Entonces el ritmo de la vida se acompasa a su ritmo, y comprende, muy adentro, que es parte de todo: de un mundo perfecto formado también de seres imperfectos.