Pubertad

Jenny vive sobre la colina, en la casa de madera ennegrecida. A veces la visito —nos hacemos confidencias cogidos de la mano, sentados entre la hierba marchita—. Yo la amo a pesar de su familia; mi madre siempre me dijo que me mantuviese alejado de la casa de las cortinas cerradas.

Una vez, los muchachos le arrojaron piedras a Jenny cuando trató de acercarse al lugar donde jugábamos. Ese día yo la defendí, y ella me miró de verdad por primera vez. La noche parecía nacer y derramarse de sus ojos.

Todos aquellos chicos han muerto de alguna manera desdichada o sangrienta, y el pueblo parece enfermo y triste, como si la vieja casa hubiera extendido su oscuridad colina abajo hasta anegarlo todo.

Esta tarde Jenny se ha fugado descolgándose por la ventana de su cuarto. Yo la esperaba  en el suelo y, al ayudarla a descender, he notado como su cuerpo menudo temblaba por el miedo. Supongo que es duro para ella desobedecer a los suyos. La he llevado al baile del instituto. Hemos dado vueltas en mitad de la sala, a despecho de todos, y ha sido como bailar solos en lo profundo del bosque. Sus ojos eran una noche con las puertas abiertas. Luego la he besado y, por primera vez, ella ha sonreído de verdad y he podido ver sus dientes terribles en la penumbra.

He recordado a los chicos. Poco a poco voy comprendiendo el incierto destino de Jenny: sola, sonriendo aún ante mí, ya sin el amparo de su temible familia; plenamente confiada en mi amor, que ahora es tan solo una mezcla de lástima y repulsión.

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Ecos

Ayer mis pasos me llevaron de nuevo a la casa. No sé por qué salté la verja, quizás necesitaba encontrar respuestas. El pequeño jardín estaba invadido de maleza; nadie ha estado por allí desde que tuvimos que marcharnos. Rompí el cristal y entré en la cocina. Aún colgaban de las ventanas los visillos anaranjados que prestaban al aire la misma luz de melocotón, pero el olor era de polvo y de moho y me fue difícil evocar los aromas de antes. En el marco de la puerta permanecían todavía las marcas con que mi madre había ido señalando nuestra altura a lo largo de los años. Claramente se me representó su rostro, sus manos enharinadas; el brillo de sus ojos cuando nos tenía a su alrededor. Fui recorriendo el resto de la casa. Los cuartos vacíos estaban poblados de ecos y de risas, de pasos, de instrumentos que ensayaban una y otra vez las mismas canciones. En el cuarto de mi hermano solo quedaba el somier. Recuerdo sus fotos vestido de uniforme y las armas que trajo de aquella guerra en la que finalmente perdió la vida. Mi madre mantuvo su cuarto intacto durante mucho tiempo, supongo que ella necesitaba su tiempo para despedirse de las personas y de las cosas. Ahora comprendo que no pudo resistirlo, que no fue capaz de seguir adelante cuando el banco se quedó con la casa. Tampoco los árboles consiguen perdurar cuando son arrancados de la tierra.

Influencia

Me gustaba la noche. De día yo era un ser alienado; un tipo incomprendido, somnoliento y cabizbajo que no encontraba su lugar en esta maldita ciudad. Pero de noche tenía mis cómics, mis libros y la radio.

Cuando todos dormían yo permanecía con la luz encendida y conectaba el transistor con el volumen adecuado para no molestar (es curioso que, ahora, encerrado en esta celda donde dispongo de tanto tiempo y silencio, apenas escuche ya la radio). Luego me servía un poco de  coñac y, la mezcla de ligera embriaguez y estímulo que me producía se sumaba a la embriaguez y al estimulo de las voces de los locutores y de las melodías que estos lanzaban a las ondas.

Que cálidas y carismáticas son a veces esas voces de los locutores de radio; y que maravilloso que alguien hable para ti, que ponga música para ti, y, al mismo tiempo, para tantas otras almas solitarias. Os aseguro que hay un duende en las ondas que recorren la noche; un duende que te hechiza  y puede contarte historias maravillosas; que recupera para ti canciones olvidadas y te hace comprender que no estás solo; que muchos han sentido en el pasado los mismos anhelos e inquietudes que sientes tú. Ese duende puede hacerte sabio en mil materias, pero también puede darte a conocer la fe y los dogmas de una religión o inyectarte todo el odio que un locutor enfermo ha alimentado a lo largo de su vida.

Cuando uno está solo se vuelve desconfiado y se siente más seguro teniendo cerca algún arma.

El juez no quiso comprender que yo de algún modo, no era dueño de mis actos; que no pude escapar de su hechizo, porque ellos nos tienen; porque pueden darnos lo que necesitamos y porque saben muy bien hasta que punto estamos solos.

Mitomanía

Hubo una época en la que intenté imitar a Bogart. Poco a poco fui adoptando sus ademanes de tipo duro,  asimilé su seca masculinidad, e incluso traté de imbuirme del idealismo que, a pesar de su cínico comportamiento, se adivinaba en los personajes que solía interpretar en la pantalla. A la hora de buscar un empleo opté por el ramo de la investigación privada; y, al final, me metí tanto en el papel que comencé a fumar su marca de cigarrillos y a beber su mismo güisqui; de manera que la cosa se me fue de las manos y mis familiares acabaron por internarme en una casa de reposo.

Por fortuna he logrado curarme. Ahora trabajo de chupatintas en una oficina, pero no me quejo; supongo que busco mi propio camino y la forma de recorrerlo. Sin embargo, no siempre es fácil, ya que el destino parece empeñarse en ponernos a prueba. Desde hace dos días, tenemos una nueva becaría en la oficina que se parece endemoniadamente a “la Flaca”— incluso posee su magnetismo e inteligencia— y claro, entre eso y que llega la primavera, me estoy temiendo una seria recaída.

(Este microrrelato participa en la página “estanochetecuento” cuyo tema es my way. )

Pequeña llama

En Encino, New Mexico, asistí por casualidad al funeral del reverendo Clifton Hallen, de la Iglesia Evangélica; hombre que ejerció su ministerio desde el fanatismo y desde la más absoluta intransigencia filosófica. Era viudo, y pasó sus últimos años en compañía de una de sus hermanas, la cual, seguramente, era la persona en el mundo que mejor le había conocido. Militó entre las filas de los creacionistas, abominando, en pleno siglo XXI, de las teorías de Darwin; dedicando mucho tiempo y dinero a arrojar niebla sobre cualquier convención científica (y esto abarcaba campos como la geología, la antropología, la paleontología, la astronomía, la física teórica, la botánica, etc.) que contradijese la interpretación literal de las Sagradas Escrituras.

Sentía muy poca simpatía por los católicos, a los que llamaba adoradores de Santos, o hijos de Babilonia. Se refería a los musulmanes como infieles, y, a los seguidores de cualquier otra religión, sencillamente como paganos.

Durante el funeral todos ponderaron la firmeza de convicciones y la abnegación del difunto. –Pocas veces he visto un hombre con una fe tan poderosa –afirmó uno de sus amigos. –Te equivocas, –dijo plácida y tristemente la hermana –su fe era tan débil e insignificante que jamás se permitió contrastarla con nada, y siempre la guardo con celo, como se guarda la llama de una cerilla cuando sabemos que la más leve brisa puede apagarla.

La amenaza

(nota: Este  breve relato está basado casi literalmente en algo que le sucedió a mi amiga María Luisa Catalán, y que ella me contó con tanta gracia.)

En los Pirineos, cerca de Jaca, hay un monasterio engarzado en la roca que contempla los valles  desde las alturas, entre paredes pétreas que lo sobrepasan y lo cobijan.

Subir a visitarlo estaba en el programa de nuestro viaje de fin de curso. Y allá fuimos, el guía local en su dos caballos abriendo camino, y detrás, nuestro autobús con cuarenta niñas de la costa alicantina encogidas de frío, avanzando por la escarpada y zigzagueante carretera entre el paisaje nevado. En cada curva cerrada, el morro y la parte trasera del autobús quedaban expuestos al vacío, haciéndonos contener la respiración y aportando una inesperada nota de peligro a nuestro predecible y organizadísimo tour.

Finalmente el autocar aparcó en una pequeña explanada ante las vetustas puertas del monasterio, y tras extasiarnos un instante con las vistas y sentir el aire helado acartonando nuestras mejillas, entramos en el recinto en fila india, dirigidas por las monjas, nuestras preceptoras. Con voz monótona, el guía comenzó su cantinela acerca del  claustro y de las estatuas y reliquias que albergaba el edificio. Y nosotras lo seguíamos calladas, escuchándolo todo con resignación. Pero aquel lugar resultaba algo tétrico para nuestras almas infantiles, de manera que los parpados se nos iban cerrando, y algunas comenzábamos a cabecear, exponiéndonos a los terribles pellizcos de las hermanas.

 En esas estábamos cuando, inesperadamente, apareció un hombre con aspecto de pastor que interrumpió la explicación y exclamó con tono apremiante: “ ¡La niebla… La niebla! “

El guía palideció, y su verborrea sobre la arquitectura e historia del lugar se acelero hasta resultar casi ininteligible. Sus pasos también adquirieron una extraordinaria viveza, de manera que nos hacía correr de un lado a otro sobre las sagradas losas, finiquitando lo que quedaba de recorrido en un santiamén.

Las monjas, contagiadas de su inquietud, nos hicieron salir rompiendo filas y subir al autobús. Pero para cuando este pudo arrancar, ya nuestro guía había cerrado las puertas del monumento con un giro de la maciza llave, se había montado en el dos caballos y había comenzado el descenso a una velocidad que no hubiese desmerecido en el rally de Montecarlo.

Levantamos la vista hacia las altas paredes, y pudimos ver la niebla, cuya masa gris descendía implacable, cerniéndose sobre nosotros. Y bajamos con inquietud por la vertiginosa carretera, el conductor y las monjas con el rostro concentrado, y nosotras mirando hacia atrás de vez en cuando, viendo como la nube engullía por completo el monasterio y seguía descendiendo; temiendo que nos alcanzara, que nos envolviera en su limbo, que nos corroyese el alma o los huesos.

Retorno

Dejó su tierra natal y, durante años, recorrió lejanos países. Muchas sendas pisaron sus pies; cosas asombrosas vieron sus ojos; con gentes de diversas razas compartió el pan y el camino.

Cuando regresó las montañas que rodeaban su valle no le parecieron ya tan altas, ni tan viejo el olmo de la plaza, y el caserón del marqués había menguado en magnificencia. En cambio, comprendió la excelencia del vino de su lagar, y supo apreciar la venerable antigüedad de la iglesia románica y el sosiego y pureza de los dilatados campos. Viajar le había servido para matizar la medida de las cosas.

Entonces meditó sobre su ser, dirigiendo sus pensamientos hacia el interior; pero su alma le pareció tan insondable como siempre. Comprendió que todas sus vivencias eran tan leves como una piedrecita que al sumergirse provoca débiles hondas en la quieta superficie de un lago inmenso y profundo.

El sueño del gigante

Los días del gigante eran de lucha y de trabajos. Tenía mucho prestigio entre las gentes del valle; con sus propias manos había levantado el grueso muro de piedra que represaba el río, y siempre estaba dispuesto a prestar su ayuda cuando alguna pesada carreta quedaba atascada en el barro, o los aludes de nieve bloqueaban los caminos. Si el valle era atacado por una horda de enemigos, el gigante era armado con parsimonia (solo la coraza pesaba más de doscientos kilos), y lanzado contra los invasores, cuyas filas desbarataba con furia, blandiendo su temible maza hasta dispersarlos por completo y hacerles huir amedrentados y molidos.

En esas ocasiones el gigante se convertía en el héroe local y todos le trataban con respeto y cariño; tanto era así que a veces, ciertos sentimientos de autocomplacencia y de orgullo asomaban a su pecho, amenazando con arruinar su carácter, por lo común gentil y benévolo. Pero llegaba la paz, y transcurrían los días sin que su fuerza y valor fuesen requeridos por nadie, y entonces sentía la mordedura de la soledad, porque las muchachas nunca bailaban con él en las fiestas, y una barrera invisible le impedía crear con los otros, lazos de verdadera amistad. Y un día comprendió que todos le temían secretamente.

Cuando estaba triste, pasaba mucho tiempo nuestro gigante durmiendo en su cabaña. Entonces soñaba que era pequeño y desvalido; que los demás eran fuertes y poderosos, y le protegían con su presencia imponente; que velaban su sueño y le arropaban con manos gigantes.

Jericó

Bajé al valle y llegué ante las puertas de Jericó, bajo las murallas, un día derribadas, que los cananeos habían vuelto a erigir.

­­—Abridme —dije, —pues he fatigado los caminos y quisiera pasar la noche al abrigo de vuestros muros.

— ¡Vete, pordiosero! —me respondieron entre risas y burlas los guardianes desde la muralla. —En esta ciudad  tenemos ya muchos mendigos.

—No soy mendigo, sino músico, —contesté.

Los soldados enmudecieron, y sus semblantes se llenaron de pavor y de consternación cuando desenvolví la trompeta.

La intención del arma

Nunca tuvo vocación militar; le gustaban en cambio las máquinas. A veces le parecía que estaban dotadas de alma propia. Pensaba con admiración en el ingenio que las había imaginado y diseñado, en la calidad del material, en el acabado; en la sutileza de los mecanismos perfectamente engrasados.

Le alistaron a la fuerza. Pronto descubrió que sostener el fusil entre las manos, dispararlo, desmontar y limpiar sus piezas, producía en él muchas sensaciones placenteras: era un arma tan ergonómica, tan poderosa, tan definitiva…

El día que tuvo que disparar contra aquella gente, fue (no supo muy bien si para él o para el fusil), la culminación de un anhelo y una realización.