Lugar solitario

Echegaray tenía la piel curtida por el sol de diez mil días, y por el viento duro y persistente de La Patagonia. Como era el único gaucho de la estancia podía pasarse siete meses sin ver un cristiano. Porque todos los años, al terminar el verano, el patrón y su familia se marchaban al norte y allí solo quedaban los solitarios barracones, el cielo transparente, la tierra endurecida y helada, y el silencio, roto tan solo por el triste mugido de las reses o por el aullido de algún perro. Y todo eso existía porque alguien, Echegaray, permanecía allí para percibirlo y registrarlo en su alma.

Transcurrían los primeros días de junio y el gaucho se había hecho ya a la rutina de la estación solitaria. Era hombre capaz, poseedor de numerosas destrezas adquiridas con los años. Podía pelar una oveja en un santiamén, domar un potro cimarrón, sacrificar y despiezar una res o reparar la vestimenta del caballo. No habría podido decir con certeza su edad, aunque sabía que no andaba lejos de los sesenta. De joven había visitado alguna ciudad, entrado en un cine, asistido al teatro… Todos esos recuerdos se le antojaban ahora tan lejanos como si perteneciesen a otra persona.

La soledad y los espacios abiertos habían llegado a ser tan necesarios para él como el aire que respiraba. No odiaba a los hombres, pero se sentía más a gusto con los animales—las bestias son sencillas; no tienen doblez— se decía. La ética, la religión, las leyes escritas: quizás los hombres las necesitasen, pero no los animales. Ellos respondían siempre al amor o a la maldad y actuaban en consecuencia; lo había comprobado en infinidad de ocasiones.

Cuando su esposa Claudia vivía, los inviernos en la estancia eran otra cosa. Ella le había enseñado a leer en las largas anochecidas, junto a la estufa, después del trabajo diario; pero hacía siete años que faltaba y ahora estaba solo. A veces le parecía sentir su presencia, y le daba la impresión de que la encontraría — el pelo azabache recogido en largas trenzas y vestida con su pollera roja—saliendo de un barracón o dando de comer a las gallinas. Entonces miraba  la sencilla tumba, en un rincón junto a la capilla, y se instalaba otra vez en la realidad.

Esa noche, después de la cena, salió al porche a fumar. El frío era penetrante y el cielo parecía caérsele encima de tan estrellado. Se acordó de las noches de verano, en ese mismo lugar, mateando con Laurita y Juan, los patroncitos; disfrutando del fresco y de la conversación; observando largo rato la bóveda celeste de la que, de tanto en tanto, se desprendía una estrella fugaz.

—¿Por qué se caen las estrellas?— le había preguntado una vez Laurita.

—Son cerillas que Dios enciende rascándolas contra el firmamento, linda —le había dicho él.

Echó de menos a los chicos, al patrón y a los peones que le ayudaban en el verano a esquilar las ovejas. Le pareció estar oyendo otra vez sus voces y sus risas. En momentos como este la soledad se volvía dolorosa y tenía la sensación de que  no sería capaz de soportarla, pero Echegaray sabía que bastaba con resistir, con respirar hondo y olvidar el asunto. Un leve llanto de su perro le sacó de esos pensamientos.

Entonces observó algo de lo que no se había percatado hasta el momento; se trataba de una luminiscencia anaranjada que se extendía en el norte, ampliamente sobre la línea del horizonte, como si un incendio vasto consumiera ciudades y pastizales muy lejos de allí. Sintió inquietud y compasión por la gente que podría estar sufriendo esa calamidad. Conectó la estación de radio e intento comunicarse, pero esa noche había demasiadas interferencias y no pudo establecer contacto con el patrón ni con ningún otro interlocutor. El ruido tampoco le dejaba escuchar Radio 24 Patagonia ni Radio Nuevo Mundo, las dos únicas emisoras que habitualmente lograba sintonizar.

Se acostó frustrado y triste. —No empieces a amohinarte, flaco, si te dejas arrastrar por la melancolía no resistirás el invierno—murmuró.

Trató de dormir, pero no dejaba de darle vueltas a lo del incendio. Pensó en los miles de personas que vivían en el norte, tan diferentes y, al mismo tiempo, tan parecidos a él mismo. Recordó haber leído en algún lugar, que los individuos somos objetos de los que se vale Dios para percibir el mundo; así, a través de nosotros, le es posible distinguir lo que es bello y noble, de la fealdad y la inmundicia, y experimentar todas las cosas: la alegría, el miedo, la humillación, el amor, la compasión, el triunfo, la miseria… Le pareció un pensamiento hermoso (si eso era cierto, Dios percibía a través suyo la belleza diáfana de la Patagonia, la fatiga del trabajo, el gusto del mate, la alegría de galopar y la soledad inmensa).  También leyó una vez, en una vieja revista, que la tierra albergó vida durante millones de años; vida vegetal y animal, antes de que existiese el ser humano, y le daba por pensar que tal vez a Dios no le había sido suficiente esa percepción primitiva; que habíamos sido creados para otorgarle una sensibilidad más compleja. Pero quizás nuestra existencia fuese tan solo fruto de la casualidad. ¿Quién podía saberlo?

Por la mañana ensilló el caballo y recorrió varias leguas por las colinas solitarias. A la luz del día no se apreciaba en el horizonte el tenue fulgor que había desvelado la negrura de la noche. No percibió nada extraño, tan solo un leve olor en el aire, difícil de definir. No se quitaba de encima  la sensación de soledad  que le había asaltado la noche anterior.

Con la oscuridad volvió a aparecer el resplandor anaranjado. De nuevo trato de comunicarse por radio y de escuchar las noticias, pero nada. Se fue a la cama y soñó  que Claudia estaba acostada a su lado. Sintió las manos cálidas de ella apretando las suyas con ternura, y vio su rostro desdibujado y sus ojos negros, mirándolo, brillando opacamente en la penumbra. Los finos labios permanecía en silencio, pero los ojos expresaban muchas cosas; le pareció percibir en ellos una gran compasión hacia él.  Se despertó sudando. Debajo del catre, el perro se agitaba y gruñía, también en sueños.

Durante siete días persistió la luminiscencia en el horizonte nocturno; luego, se fue atenuando hasta desaparecer. Echegaray no conseguía sintonizar ninguna emisora en el transistor, así que seguía sin obtener noticias. Trató de usar la radio. Se identificaba, realizaba la llamada y esperaba contestación; así una y otra vez. Ya no había interferencias, pero un silencio de plomo fue la única respuesta a su insistencia. Estaba desconcertado y preocupado. Habitualmente, no le era difícil contactar con estaciones de Punta Arenas o de Rio Gallegos, e incluso había conversado en alguna ocasión con la Base Esperanza, en la Antártida.

Alguna vez, en caso de necesidad, no había tenido más remedio que abandonar unos días la estancia y acercarse a la pequeña ciudad de Sotillos, en el norte. En estas ocasiones recorría quinientos quilómetros en camioneta, por los caminos de tierra cubiertos de nieve y barro. Decidió que, si no conseguía contactar con el exterior, realizaría de nuevo el viaje.

De madrugada le despertó el relinchar de un caballo. Los animales estaban inquietos. —Ha de haber un león rondando— pensó. Dejó al perro encerrado en la casa y salió al exterior llevando consigo la linterna y la carabina. Fue rodeando las empalizadas, iluminando con la linterna los matorrales circundantes, hasta que, a unos cien metros de distancia, vio brillar unos ojos felinos. Disparó dos veces y escucho un corto rugido. Se acerco con cuidado e ilumino el cuerpo abatido del puma. El animal parecía haber estado enfermo; tenía restos de espuma cerca de las fauces y se apreciaban grandes calvas en su piel. No quiso tocarlo, solo lo cubrió con piedras y regresó a la cama.

En los días que siguieron, Echegaray se afanó en dejarlo todo preparado para su ausencia. Al final del día, se pasaba horas pegado a la radio, tratando infructuosamente de captar una señal. Luego se abrigaba y salía al porche a fumar un pitillo. De repente cayó en la cuenta de que llevaba muchos días sin divisar un solo aeroplano en el cielo. Aunque allí el tráfico aéreo no era abundante, de cuando en cuando, se veían  en la oscuridad las luces intermitentes de los aviones que volaban entra Ushuaia y Buenos Aires, o, de día, sus estelas blancas en los cielos azules. Se quedo largo rato contemplando el cielo, pero nada: solo una luna delgada y estrellas hasta decir basta. Estaba aterido de frío; se sintió pequeño, insignificante… Víctima de una broma gigantesca.

Recorrer doscientos quilómetros en camioneta le costó un día entero, traqueteando por los caminos llenos de baches. El perro, que iba echado en el asiento del acompañante, se mostraba más inquieto de lo habitual y gruñía de cuando en cuando. Al atardecer se detuvo en una loma que dominaba el terreno y montó la tienda de campaña. Aún necesitaría más de una jornada para llegar a Sotillos. Le pareció percibir, más intensamente, ese extraño regusto en el aire que había notado algunos días atrás. Taciturno, se puso a rebuscar leña para encender una hoguera. El perro comenzó a ladrar, llamando su atención, y el gaucho pudo contemplar, en una cañada que se extendía a unos cientos de metros de donde se encontraban, cómo una jauría de perros asilvestrados acosaba y daba caza a un guanaco para luego devorarlo. Amontonó más leña para avivar el fuego y se mantuvo toda la noche en un duermevela, alimentando el fuego de cuando en cuando y con la carabina cargada.

Antes de amanecer emprendió de nuevo el viaje. Después de recorrer unos  ochenta quilómetros se encontró con el más extraño panorama que podía imaginar: el camino atravesaba una llanura pelada, la cual, estaba sembrada con los cuerpos de miles de ovejas muertas que destacaban aquí y allá, como montoncitos de algodón sobre la tierra parda. Durante cientos de metros la camioneta avanzó despacio, evitando los cuerpos de los animales, hasta que finalmente se  detuvo. Echegaray comprendió que continuar hacia el norte significaba la muerte. Pensó de nuevo en Juan y Laurita, en el patrón y en todas las personas que conocía en Sotillos y en los alrededores. Una gran congoja se apoderó de él. Emprendió el regreso conduciendo como un autómata, con la mirada ausente fija en el camino. Hasta que se limpió la cara con el dorso de la mano no se dio cuenta de que lloraba.

Durante el resto del invierno el gaucho decidió dedicarse intensamente al trabajo. Quizás todo se solucionase de alguna manera y los patrones regresarían o, en cuanto pudiesen, enviarían a alguien a buscarle y a darle instrucciones. Mientras tanto, él permanecería allí, cuidando del lugar. Se resistía a perder la esperanza y se propuso no dejarse llevar por la melancolía, pero no podía evitar cavilar, e intuía que algo realmente desastroso había sucedido. Era muy consciente de la estupidez del hombre y de su capacidad para la destrucción. Otro con menos temple, un hombre de la ciudad, quizás se hubiera rendido, pero él esperaría; merecía la pena con tal de volver a estrechar la mano de un semejante u oír otra vez la risa de los chicos.

Los meses se hicieron interminables. Un día Echegaray desempolvó la guitarra y entonó algunas chacareras, para ver si los acordes y el sonido de su voz le animaban; pero las canciones le sonaron extrañas, como pertenecientes a otro tiempo: vestigios del mundo en el que vivieron quienes las habían compuesto para expresar su forma de vida y lo que amaban; una cultura viva para quienes las tocaron y cantaron por primera vez; algo que se pensaba eterno y era fugaz.

La primavera llegó por fin, y el calor fue derritiendo los neveros que persistían en las umbrías de las montañas; sin embargo, ese año no regresaron las golondrinas ni ninguna otra ave migratoria. Era la primera vez que Echegaray no veía las bandadas volando en formación, muy altas, en dirección al mar.

Pasaron tristes las semanas y con ellas se desvanecieron las esperanzas del gaucho de que alguien regresara a la estancia. Tal vez Dios había decidido borrar al hombre de la faz de la tierra; de ser así, él no le enmendaría la plana. Trató de imaginar el bagaje que los seres humanos habían acumulado a lo largo de tantas generaciones. ¿A quién le sería de utilidad ahora toda esa experiencia? ¿Dónde quedarían guardados los sentimientos y vivencias de tantos seres, a lo largo de decenas de miles de años? ¿En qué vasta memoria; en qué eterno olvido?

En una vereda moteada de flores Echegaray fue juntando un ramito. Luego compuso un poco las piedras que sostenían la sencilla cruz de la tumba de su esposa y depositó allí las flores. Se despidió  con ternura del perro y de los caballos, y fue abriendo de par en par las puertas de los corrales. Cargó la carabina, echó una lenta mirada a la belleza que le rodeaba y se disparó en la cabeza.

El perro se quedó muchas semanas cerca de los restos de su amo. A veces se ausentaba durante unas horas, hasta que lograba cazar algo que le sustentara, y luego regresaba junto Echegaray y se tumbaba a su lado sollozante. Un día, una jauría atacó la estancia. El noble animal les hizo frente con valor, pero finalmente murió despedazado. Los perros asilvestrados acabaron con los animales que quedaban en el lugar y luego se dirigieron al sur, recorriendo libres los páramos; señores de todo cuanto les rodeaba.

Fábula

He oído decir que los niños de teta, cuando oyen llorar a otro bebé, o sienten que alguien sufre cerca de ellos, se muestran tristes e inquietos, e intentan consolar a quien padece, y no recobran la alegría hasta que la paz vuelve a reinar en su entorno. Me pregunto en qué punto del camino perdemos o se nos arrebata esa cualidad.

Entre nuestra ciudad y la de los tolmenos la tierra se despeña en un profundo cañón por cuyo fondo discurre, mil metros más abajo, un río de aguas terrosas e inquietas. Llamamos a este barranco la depresión del Rifell.

Durante mucho tiempo, nuestra ciudad estuvo aislada de los tolmenos y de las otras tres ciudades que pueblan la margen oriental del Rifell, viviendo de espaldas los unos a los otros; pero, hace un siglo, nuestros antepasados construyeron un puente de admirable ingeniería en el lugar donde los dos extremos del precipicio se acercan como queriendo tocarse, y desde entonces hemos disfrutado del comercio y del intercambio con las culturas del este.

Aquellos de nosotros de espíritu viajero, dejamos de estar limitados a las ciudades occidentales o a las playas del sur, abriéndose a nuestros ojos el exotismo de las poblaciones del otro lado, con sus villas, monumentos y mercados. Y los tolmenos aprendieron de nuestra ciencia; y nosotros de su medicina; y, con el paso del tiempo, fuimos observando con placer cómo los vecinos iban adquiriendo algunas de nuestras más queridas costumbres, y una cierta hermandad se ha forjado entre nosotros, de manera que hoy nos gusta llamarnos “los pueblos de las riberas del Rifell”.

Un día, sin que nadie lo esperase, llegaron los urnos, pueblo guerrero de las estepas orientales, y cayeron como la tormenta sobre las cuatro ciudades del este; pero a nosotros no nos atacaron.

En mi opinión, esta estrategia es un síntoma de gran inteligencia por parte de los urnos, aunque nuestros dignatarios afirman que ha sido nuestra ciencia y potencia militar la que ha disuadido a los invasores.

Nuestros vecinos de las cuatro ciudades han luchado valientemente, a pesar de lo inesperado y violento del ataque; pero los urnos se han adentrado ya en gran parte de sus territorios, perpetrando atrocidades y causando gran mortandad. Nosotros, por nuestra parte, hemos cerrado y fortificado el puente, estableciendo rigurosos controles fronterizos.

Aún así, una oleada de desesperados logró atravesar hace unos meses el puente, hecho que sirvió de detonante a fuertes controversias, pues algunos abogaron por hacer un frente común con los tolmenos, mientras otros, se han negado desde el principio a intervenir en la guerra, y advierten del peligro que supondría para nuestro bienestar recibir un éxodo masivo de desplazados.

El debate era encendido y caldeaba cada vez más la vida pública; hasta que una noche, mientras dormíamos, sentimos un estremecimiento y una sorda conmoción, y la luz del día nos reveló que alguien había volado el puente sobre el Rifell.

Va pasando el tiempo y la vida continúa en nuestra ciudad, donde no dejamos de acudir a las carreras de caballos que tanto nos gustan, y de celebrar competiciones deportivas así como concursos de belleza. Nuestro príncipe ha organizado recientemente unos juegos florales donde varios dignatarios han sido condecorados con la medalla de la paz, destacándose en los discursos el merito que este galardón supone en tiempos tan convulsos. Y en el verano viajamos a las playas del sur, y todo es normal, de no ser porque, a veces, en el fondo del cañón, se ven pequeñitos los cadáveres que el río deposita en la orilla.

Los que viven cerca del barranco, han visto alguna vez, figuras que pasean cabizbajas del otro lado, al borde del abismo, y que acaban por arrojarse al vacío.

A veces algún intrépido logra atravesar la corriente y escalar la  inconsistente ladera del barranco llegando con vida hasta nosotros, pero es recibido con frialdad por nuestros soldados, y, ante la imposibilidad de devolverlo, es internado con otros exiliados en un miserable campamento provisional.

Contra todo pronóstico, los tolmenos, siguen resistiendo, pero al parecer sus enemigos les han acorralado contra la depresión del Rifell, donde se teme que se produzca una terrible matanza.

Nos llegan además otras noticias inquietantes, que algunos tildan de rumores: se dice que los urnos han rodeado ya la depresión del Rifell por el norte y han pasado a este lado, atacando Aúrica, pero respetando al resto de nuestras ciudades. También se dice que las poblaciones más próximas al conflicto, están levantando un muro que las separe de  Aúrica y de los urnos.

Queremos pensar que todo eso sucede aún lejos de nosotros, y continuamos con nuestro día a día, aunque, eso sí, evitamos acercarnos al Rifell, porque a menudo se oyen del otro lado, gritos atroces, y las aguas, allá  en lo hondo, descienden a veces demasiado rojas, y esas cosas le producen desazón a cualquiera.

El ágape

(Fragmentos del diario de Julia Arnau)

29 de Octubre

Ya no salgo nunca. Y no es por esa silla de ruedas a la que he quedado condenada, si fuera necesario tengo a Imelda para empujarla y para atenderme en la calle, del mismo modo que me atiende en casa. Quien quiera verme tendrá que venir aquí; pero no vienen, porque saben que no quiero ver a nadie; no quiero verles jóvenes y felices, capaces de caminar, incluso de bailar, mientras yo permanezco en este mausoleo, vieja e impedida.

Creo que merezco algo más que su fingida compasión, después de todo hubo un tiempo en que yo era como una reina para todos ellos. Sí, eso nadie puede quitármelo: aquellos años maravillosos, cuando Ernesto presidía el Ateneo… Las fiestas, las recepciones, las noches de teatro… Solo Gloria Gálvez, la soprano, fue capaz de competir conmigo en influencia y número de admiradores. ¡La Gálvez, que fue una de las mujeres de bandera del mundillo cultural…! Pero incluso ella me trató siempre con deferencia.

2 de Noviembre

… Por la tarde ha venido Julián. Me ha traído unos dulces y los hemos tomado con horchata. Me ha regañado por no haber ido ayer al cementerio. Yo le he contestado que me niego a visitar ese archivo de cenizas; que ya mandé llenar de flores la tumba de Ernesto, aunque allí no quede ya nada de  él. Soy yo la que está viva y necesita atención, y sin embargo, estoy olvidada y enterrada para muchos. Luego me ha sugerido que compre uno de esos horribles cochecitos mecánicos para inválidos, pero le he prohibido volver a hablarme del asunto: a mi edad, me sentiría ridícula montada en un artefacto motorizado.

6 de Noviembre

Hoy ha vuelto a visitarme Julián, esta vez acompañado de Pepi Juárez. La ha traído para ayudarle a convencerme de que asista a la fiesta del centenario del Ateneo, que al parecer se celebra dentro de una semana. Yo me he resistido con mil argumentos, pero al final han logrado convencerme.

Quizás sea mejor así; será como una despedida. Tengo que buscar un vestido adecuado para Imelda; yo me pondré cualquier cosa. Estarán todos allí, al menos los que quedan vivos… Ahora podrán ver la magnitud de mi desdicha y la impiedad de su abandono. De nuevo seré el centro de la reunión, aunque esta vez de un modo patético.

13 de Noviembre

Tengo encima una sensación de cansancio infinito. Nunca dejaran de sorprenderme lo desagradecidas e inhumanas que pueden llegar a ser las personas.

¡Qué horrible fiesta, y que desengañada me sentí! Todos estaban alegres y apenas me prestaron atención. Me saludaban y enseguida huían, no se si espantados por mi semblante lastimero. Gloria Gálvez estaba entre los invitados, ¡y también en silla de ruedas! Y como resulta que está peor que yo, porque padece la enfermedad de Parkinson, acaparó toda la atención. Además, la cuidadora que la acompañaba era más guapa e iba más elegantemente vestida que Imelda.

Por si fuera poco, también Luis Medina acudió a la fiesta en una de esas sillas motorizadas y se pasó toda la noche de aquí  para allá, haciendo gala de muy buen humor y contando chascarrillos. Así que, Imelda y yo, estuvimos casi toda la velada con caras de pánfilas, ignoradas; abandonadas en un rincón como si fuésemos invisibles.

¡Ojalá Dios me lleve pronto de este mundo, para no tener que presenciar tanta ingratitud…!

Adiós, Vera.

Vera se despidió con un largo abrazo y una mirada expresiva; y Oscar espero un poco hasta verla alejarse entre la fila de gente que se dirigía hacia el avión, y solo entonces dejó que algunas lágrimas asomasen a  sus ojos. Luego la imaginó en el asiento, volando de regreso a casa, con su pobre maleta llena de ropa sexi de mercadillo, en la que estarían entremetidos el pasaporte albanés y las radiografías donde aparecía su pequeña mandíbula con una fisura en el hueso y dos dientes partidos. Si, había perdido la batalla y de momento se replegaba, pero él quiso pensar  que no habían logrado someter su juventud; que aún quedaba en ella algo invencible e inocente a pesar de los golpes y del desengaño.

En el taxi de vuelta, se acordó de los primeros días, cuando ella comenzó a venir por el bar, primero por casualidad, luego porque se encontraba a gusto allí; hasta irse quedando; hasta formar parte del variopinto grupo de individuos que frecuentaba el local. Al principio le impresionó un poco su actitud desafiante; había en ella una dureza genuina, enfatizada por sus ojos negros, y el pelo azabache, que hacían resaltar la palidez de su cuerpo delgado.

Le entregaba cedés de hip hop que solía llevar en el bolso y le pedía, en su mal español, que se los pusiese, y él los ponía un rato, a pesar de que el hip hop no era la música que solía pinchar en el bar; pero también él tuvo una vez dieciocho años, y sabía que, a esa edad, la música que a uno le gusta es un asunto muy serio.

Luego comenzó a venir con aquel chico, Misha, al que había conocido en una discoteca; y fue una sorpresa y una satisfacción comprobar que no era tan dura. Era bonito verlos en la terraza, rodeados de gatos  y de macetas, cogidos de la mano, o dándose besos interminables. Después de todo ella era una adolescente, por mucho que la vida se hubiese empeñado en hacerla madurar demasiado deprisa.

Oscar estaba contento de tener el bar. Por las tardes levantaba la persiana, regaba las macetas, ponía la música que quería, encendía un porro y esperaba tranquilamente a que fuesen  llegando los clientes. Tenía un carácter abierto y  acogía a todo el mundo, de manera que, poco apoco, el local se le fue llenando de todo tipo de personajes, a los que muchos otros hubieran considerado indeseables. Estos, (no sabía si debido a una especie de buen karma) se comportaban muy bien con él, valoraban mucho su hospitalidad y casi nunca le creaban problemas.

También para Vera aquel lugar era un refugio. Se le notaba en los ojos, y en esa actitud  que parecían decir: cuidado, no pido compasión, soy valiente, pero necesito un lugar donde estar relajada y alguien solido en quien confiar. Él sentía debilidad por ella, quizás porque era solo un poco mayor que sus hijas, y también porque, seguramente, era la persona más fuerte, más noble y más vulnerable que conocía.

Habían cogido confianza enseguida, y un día, ella le confesó que se paseaba por la noche junto a la carretera, sobre los tacones más altos que tenía, y se metía en el asiento de atrás de los coches con desconocidos que hacían uso de su cuerpo, y hacía bien su trabajo, pero nunca sonreía, y tomaba drogas para olvidarse del miedo y del asco. Era su manera de mantenerse en la brecha, la única que había encontrado hasta ahora. Y Misha no sabía nada, y ella tenía miedo de decírselo, porque él era muy niño, a pesar de tener dos años más, y era la única  parcela de pureza que había en su vida.

No se vio con derecho a sermonearla diciéndole que había cogido un mal camino o cosas así, y ella lo agradeció y, seguramente por eso, continuó viniendo por el bar.

Desde entonces le daba un poco de pena cuando la veía en compañía de  Misha. Una tarde, conversando con ellos en la barra, tuvo una extraña sensación. Mientras el chico hablaba Vera lo miraba fijamente, con las pupilas  dilatadas, en una actitud que tenía algo  de posesión o de delirio. Y, por un instante, le pareció que había en ella algo indefinible y monstruoso.

Entonces fue cuando aquellos tipos que pretendían chulearla comenzaron su acoso. Vera los iba esquivando como podía, cambiando de zona y con otras estratagemas, pero era evidente que la situación era insostenible y que, tarde o temprano, tendría que cambiar de ocupación o marcharse a otra ciudad, si no quería caer bajo su dominio. Por el momento Oscar le guardaba el dinero en el bar, escuchaba sus problemas e intentaba darle buenos consejos.

Se sentía tan agradecida que, a veces, cuando estaban solos, se abalanzaba sobre él tratando de abrirle la cremallera del pantalón.

— ¡Yo contigo lo hago cinco veces gratis… cuando tú quieras! —le decía. Pero él la detenía amablemente. No era ningún santo, pero no se le había pasado por la cabeza aprovecharse de Vera; además, también él necesitaba en su vida  alguna porción de pureza.

—No, chiquilla, tú y yo somos amigos, y los amigos no se cobran los favores.

Y Vera continuó por algún tiempo con aquella vida, que era lo más parecido a caminar por la cuerda floja que Oscar podía imaginar. Hasta que, finalmente, le dieron aquella paliza; pero antes ocurrieron otras cosas que ella  había tenido la necesidad de contarle, y que ahora le resultaba doloroso recordar.

Una noche se exhibía junto a la carretera, como tantas veces, y un coche se detuvo a su lado. Dentro había tres chicos jóvenes, bastante contentos, que seguramente venían de hacer  botellón. Vera se puso a la defensiva, adoptando una actitud de dureza, porque conocía el percal y sabía que los chavales de esa edad, cuando están en grupo, suelen resultar demasiado crueles o demasiado graciosos.

— ¡hola, bombón! ¿Cuánto cobras por un francés?—dijo el que iba sentado al lado del conductor.

— Por chuparla veinte euros, cariño.

— ¿Nos lo harías a los tres por cuarenta?

—Niño, ¿tú te crees que esto es el top manta, o qué? Ya te he dicho lo que cobro. — contestó malhumorada.

Finalmente aceptaron el precio y ella entró en la parte de atrás del auto, y  se sentó en la penumbra junto al tercer chico, al que aún no había visto, y se puso a bajarle la cremallera mientras los otros le magreaban los pechos y los muslos. Entonces todo se derrumbó, porque algo no encajaba en absoluto; porque aquellas manos apartaban las suyas resistiéndose, y el rostro que la miraba expresaba sorpresa y dolor, y ella se quedó helada, y antes de que pudiera decir nada, él había salido del coche y había echado a correr. Vera salió a la noche, pero casi no podía correr con los tacones tan altos, y lo llamó a gritos, mientras las lagrimas le descomponían el maquillaje: — ¡Misha…! ¡Misha…! —pero el muchacho se alejaba sin detenerse, y su figura se iba adentrando en la oscuridad, iluminada a intervalos por los faros de los coches, que zumbaban indiferentes atravesando la noche.