Ecos

Ayer mis pasos me llevaron de nuevo a la casa. No sé por qué salté la verja, quizás necesitaba encontrar respuestas. El pequeño jardín estaba invadido de maleza; nadie ha estado por allí desde que tuvimos que marcharnos. Rompí el cristal y entré en la cocina. Aún colgaban de las ventanas los visillos anaranjados que prestaban al aire la misma luz de melocotón, pero el olor era de polvo y de moho y me fue difícil evocar los aromas de antes. En el marco de la puerta permanecían todavía las marcas con que mi madre había ido señalando nuestra altura a lo largo de los años. Claramente se me representó su rostro, sus manos enharinadas; el brillo de sus ojos cuando nos tenía a su alrededor. Fui recorriendo el resto de la casa. Los cuartos vacíos estaban poblados de ecos y de risas, de pasos, de instrumentos que ensayaban una y otra vez las mismas canciones. En el cuarto de mi hermano solo quedaba el somier. Recuerdo sus fotos vestido de uniforme y las armas que trajo de aquella guerra en la que finalmente perdió la vida. Mi madre mantuvo su cuarto intacto durante mucho tiempo, supongo que ella necesitaba su tiempo para despedirse de las personas y de las cosas. Ahora comprendo que no pudo resistirlo, que no fue capaz de seguir adelante cuando el banco se quedó con la casa. Tampoco los árboles consiguen perdurar cuando son arrancados de la tierra.