África

El hombre viejo ha realizado dos clases de viajes a lo largo de su vida: los, digamos físicos, recorriendo remotos lugares para conocer a otras personas y respirar y sentir el paisaje que las ha ido forjado; y los virtuales, realizados a través del cine de la música, de la literatura… Ha conocido infinidad de lugares, pero nunca ha visitado físicamente África. Esta posibilidad ha sido postergada durante años, como se posterga el mejor plato de un íntimo banquete. Cuántas veces su imaginación ha anticipado con placer la primera visita a esa tierra; a ese estado de ánimo, al que reconoce haber idealizado otorgándole un aura de intensidad elemental, de belleza neta, de aventura y de invencible fuerza telúrica. Y por fin, hoy, su avión está aterrizando en Nairobi. El corazón se le acelera, y cree percibir ya, la fragancia de la sabana en el atardecer, la totémica silueta del elefante, el sonido de un tambor en lo oscuro… y el hombre viejo desciende a tierra con la emoción que solo sienten los que regresan; los que vuelven a la infancia, a su casa, al punto de partida.

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