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Influencia

Me gustaba la noche. De día yo era un ser alienado; un tipo incomprendido, somnoliento y cabizbajo que no encontraba su lugar en esta maldita ciudad. Pero de noche tenía mis cómics, mis libros y la radio.

Cuando todos dormían yo permanecía con la luz encendida y conectaba el transistor con el volumen adecuado para no molestar (es curioso que, ahora, encerrado en esta celda donde dispongo de tanto tiempo y silencio, apenas escuche ya la radio). Luego me servía un poco de  coñac y, la mezcla de ligera embriaguez y estímulo que me producía se sumaba a la embriaguez y al estimulo de las voces de los locutores y de las melodías que estos lanzaban a las ondas.

Que cálidas y carismáticas son a veces esas voces de los locutores de radio; y que maravilloso que alguien hable para ti, que ponga música para ti, y, al mismo tiempo, para tantas otras almas solitarias. Os aseguro que hay un duende en las ondas que recorren la noche; un duende que te hechiza  y puede contarte historias maravillosas; que recupera para ti canciones olvidadas y te hace comprender que no estás solo; que muchos han sentido en el pasado los mismos anhelos e inquietudes que sientes tú. Ese duende puede hacerte sabio en mil materias, pero también puede darte a conocer la fe y los dogmas de una religión o inyectarte todo el odio que un locutor enfermo ha alimentado a lo largo de su vida.

Cuando uno está solo se vuelve desconfiado y se siente más seguro teniendo cerca algún arma.

El juez no quiso comprender que yo de algún modo, no era dueño de mis actos; que no pude escapar de su hechizo, porque ellos nos tienen; porque pueden darnos lo que necesitamos y porque saben muy bien hasta que punto estamos solos.