Lugar solitario

Echegaray tenía la piel curtida por el sol de diez mil días, y por el viento duro y persistente de La Patagonia. Como era el único gaucho de la estancia podía pasarse siete meses sin ver un cristiano. Porque todos los años, al terminar el verano, el patrón y su familia se marchaban al norte y allí solo quedaban los solitarios barracones, el cielo transparente, la tierra endurecida y helada, y el silencio, roto tan solo por el triste mugido de las reses o por el aullido de algún perro. Y todo eso existía porque alguien, Echegaray, permanecía allí para percibirlo y registrarlo en su alma.

Transcurrían los primeros días de junio y el gaucho se había hecho ya a la rutina de la estación solitaria. Era hombre capaz, poseedor de numerosas destrezas adquiridas con los años. Podía pelar una oveja en un santiamén, domar un potro cimarrón, sacrificar y despiezar una res o reparar la vestimenta del caballo. No habría podido decir con certeza su edad, aunque sabía que no andaba lejos de los sesenta. De joven había visitado alguna ciudad, entrado en un cine, asistido al teatro… Todos esos recuerdos se le antojaban ahora tan lejanos como si perteneciesen a otra persona.

La soledad y los espacios abiertos habían llegado a ser tan necesarios para él como el aire que respiraba. No odiaba a los hombres, pero se sentía más a gusto con los animales—las bestias son sencillas; no tienen doblez— se decía. La ética, la religión, las leyes escritas: quizás los hombres las necesitasen, pero no los animales. Ellos respondían siempre al amor o a la maldad y actuaban en consecuencia; lo había comprobado en infinidad de ocasiones.

Cuando su esposa Claudia vivía, los inviernos en la estancia eran otra cosa. Ella le había enseñado a leer en las largas anochecidas, junto a la estufa, después del trabajo diario; pero hacía siete años que faltaba y ahora estaba solo. A veces le parecía sentir su presencia, y le daba la impresión de que la encontraría — el pelo azabache recogido en largas trenzas y vestida con su pollera roja—saliendo de un barracón o dando de comer a las gallinas. Entonces miraba  la sencilla tumba, en un rincón junto a la capilla, y se instalaba otra vez en la realidad.

Esa noche, después de la cena, salió al porche a fumar. El frío era penetrante y el cielo parecía caérsele encima de tan estrellado. Se acordó de las noches de verano, en ese mismo lugar, mateando con Laurita y Juan, los patroncitos; disfrutando del fresco y de la conversación; observando largo rato la bóveda celeste de la que, de tanto en tanto, se desprendía una estrella fugaz.

—¿Por qué se caen las estrellas?— le había preguntado una vez Laurita.

—Son cerillas que Dios enciende rascándolas contra el firmamento, linda —le había dicho él.

Echó de menos a los chicos, al patrón y a los peones que le ayudaban en el verano a esquilar las ovejas. Le pareció estar oyendo otra vez sus voces y sus risas. En momentos como este la soledad se volvía dolorosa y tenía la sensación de que  no sería capaz de soportarla, pero Echegaray sabía que bastaba con resistir, con respirar hondo y olvidar el asunto. Un leve llanto de su perro le sacó de esos pensamientos.

Entonces observó algo de lo que no se había percatado hasta el momento; se trataba de una luminiscencia anaranjada que se extendía en el norte, ampliamente sobre la línea del horizonte, como si un incendio vasto consumiera ciudades y pastizales muy lejos de allí. Sintió inquietud y compasión por la gente que podría estar sufriendo esa calamidad. Conectó la estación de radio e intento comunicarse, pero esa noche había demasiadas interferencias y no pudo establecer contacto con el patrón ni con ningún otro interlocutor. El ruido tampoco le dejaba escuchar Radio 24 Patagonia ni Radio Nuevo Mundo, las dos únicas emisoras que habitualmente lograba sintonizar.

Se acostó frustrado y triste. —No empieces a amohinarte, flaco, si te dejas arrastrar por la melancolía no resistirás el invierno—murmuró.

Trató de dormir, pero no dejaba de darle vueltas a lo del incendio. Pensó en los miles de personas que vivían en el norte, tan diferentes y, al mismo tiempo, tan parecidos a él mismo. Recordó haber leído en algún lugar, que los individuos somos objetos de los que se vale Dios para percibir el mundo; así, a través de nosotros, le es posible distinguir lo que es bello y noble, de la fealdad y la inmundicia, y experimentar todas las cosas: la alegría, el miedo, la humillación, el amor, la compasión, el triunfo, la miseria… Le pareció un pensamiento hermoso (si eso era cierto, Dios percibía a través suyo la belleza diáfana de la Patagonia, la fatiga del trabajo, el gusto del mate, la alegría de galopar y la soledad inmensa).  También leyó una vez, en una vieja revista, que la tierra albergó vida durante millones de años; vida vegetal y animal, antes de que existiese el ser humano, y le daba por pensar que tal vez a Dios no le había sido suficiente esa percepción primitiva; que habíamos sido creados para otorgarle una sensibilidad más compleja. Pero quizás nuestra existencia fuese tan solo fruto de la casualidad. ¿Quién podía saberlo?

Por la mañana ensilló el caballo y recorrió varias leguas por las colinas solitarias. A la luz del día no se apreciaba en el horizonte el tenue fulgor que había desvelado la negrura de la noche. No percibió nada extraño, tan solo un leve olor en el aire, difícil de definir. No se quitaba de encima  la sensación de soledad  que le había asaltado la noche anterior.

Con la oscuridad volvió a aparecer el resplandor anaranjado. De nuevo trato de comunicarse por radio y de escuchar las noticias, pero nada. Se fue a la cama y soñó  que Claudia estaba acostada a su lado. Sintió las manos cálidas de ella apretando las suyas con ternura, y vio su rostro desdibujado y sus ojos negros, mirándolo, brillando opacamente en la penumbra. Los finos labios permanecía en silencio, pero los ojos expresaban muchas cosas; le pareció percibir en ellos una gran compasión hacia él.  Se despertó sudando. Debajo del catre, el perro se agitaba y gruñía, también en sueños.

Durante siete días persistió la luminiscencia en el horizonte nocturno; luego, se fue atenuando hasta desaparecer. Echegaray no conseguía sintonizar ninguna emisora en el transistor, así que seguía sin obtener noticias. Trató de usar la radio. Se identificaba, realizaba la llamada y esperaba contestación; así una y otra vez. Ya no había interferencias, pero un silencio de plomo fue la única respuesta a su insistencia. Estaba desconcertado y preocupado. Habitualmente, no le era difícil contactar con estaciones de Punta Arenas o de Rio Gallegos, e incluso había conversado en alguna ocasión con la Base Esperanza, en la Antártida.

Alguna vez, en caso de necesidad, no había tenido más remedio que abandonar unos días la estancia y acercarse a la pequeña ciudad de Sotillos, en el norte. En estas ocasiones recorría quinientos quilómetros en camioneta, por los caminos de tierra cubiertos de nieve y barro. Decidió que, si no conseguía contactar con el exterior, realizaría de nuevo el viaje.

De madrugada le despertó el relinchar de un caballo. Los animales estaban inquietos. —Ha de haber un león rondando— pensó. Dejó al perro encerrado en la casa y salió al exterior llevando consigo la linterna y la carabina. Fue rodeando las empalizadas, iluminando con la linterna los matorrales circundantes, hasta que, a unos cien metros de distancia, vio brillar unos ojos felinos. Disparó dos veces y escucho un corto rugido. Se acerco con cuidado e ilumino el cuerpo abatido del puma. El animal parecía haber estado enfermo; tenía restos de espuma cerca de las fauces y se apreciaban grandes calvas en su piel. No quiso tocarlo, solo lo cubrió con piedras y regresó a la cama.

En los días que siguieron, Echegaray se afanó en dejarlo todo preparado para su ausencia. Al final del día, se pasaba horas pegado a la radio, tratando infructuosamente de captar una señal. Luego se abrigaba y salía al porche a fumar un pitillo. De repente cayó en la cuenta de que llevaba muchos días sin divisar un solo aeroplano en el cielo. Aunque allí el tráfico aéreo no era abundante, de cuando en cuando, se veían  en la oscuridad las luces intermitentes de los aviones que volaban entra Ushuaia y Buenos Aires, o, de día, sus estelas blancas en los cielos azules. Se quedo largo rato contemplando el cielo, pero nada: solo una luna delgada y estrellas hasta decir basta. Estaba aterido de frío; se sintió pequeño, insignificante… Víctima de una broma gigantesca.

Recorrer doscientos quilómetros en camioneta le costó un día entero, traqueteando por los caminos llenos de baches. El perro, que iba echado en el asiento del acompañante, se mostraba más inquieto de lo habitual y gruñía de cuando en cuando. Al atardecer se detuvo en una loma que dominaba el terreno y montó la tienda de campaña. Aún necesitaría más de una jornada para llegar a Sotillos. Le pareció percibir, más intensamente, ese extraño regusto en el aire que había notado algunos días atrás. Taciturno, se puso a rebuscar leña para encender una hoguera. El perro comenzó a ladrar, llamando su atención, y el gaucho pudo contemplar, en una cañada que se extendía a unos cientos de metros de donde se encontraban, cómo una jauría de perros asilvestrados acosaba y daba caza a un guanaco para luego devorarlo. Amontonó más leña para avivar el fuego y se mantuvo toda la noche en un duermevela, alimentando el fuego de cuando en cuando y con la carabina cargada.

Antes de amanecer emprendió de nuevo el viaje. Después de recorrer unos  ochenta quilómetros se encontró con el más extraño panorama que podía imaginar: el camino atravesaba una llanura pelada, la cual, estaba sembrada con los cuerpos de miles de ovejas muertas que destacaban aquí y allá, como montoncitos de algodón sobre la tierra parda. Durante cientos de metros la camioneta avanzó despacio, evitando los cuerpos de los animales, hasta que finalmente se  detuvo. Echegaray comprendió que continuar hacia el norte significaba la muerte. Pensó de nuevo en Juan y Laurita, en el patrón y en todas las personas que conocía en Sotillos y en los alrededores. Una gran congoja se apoderó de él. Emprendió el regreso conduciendo como un autómata, con la mirada ausente fija en el camino. Hasta que se limpió la cara con el dorso de la mano no se dio cuenta de que lloraba.

Durante el resto del invierno el gaucho decidió dedicarse intensamente al trabajo. Quizás todo se solucionase de alguna manera y los patrones regresarían o, en cuanto pudiesen, enviarían a alguien a buscarle y a darle instrucciones. Mientras tanto, él permanecería allí, cuidando del lugar. Se resistía a perder la esperanza y se propuso no dejarse llevar por la melancolía, pero no podía evitar cavilar, e intuía que algo realmente desastroso había sucedido. Era muy consciente de la estupidez del hombre y de su capacidad para la destrucción. Otro con menos temple, un hombre de la ciudad, quizás se hubiera rendido, pero él esperaría; merecía la pena con tal de volver a estrechar la mano de un semejante u oír otra vez la risa de los chicos.

Los meses se hicieron interminables. Un día Echegaray desempolvó la guitarra y entonó algunas chacareras, para ver si los acordes y el sonido de su voz le animaban; pero las canciones le sonaron extrañas, como pertenecientes a otro tiempo: vestigios del mundo en el que vivieron quienes las habían compuesto para expresar su forma de vida y lo que amaban; una cultura viva para quienes las tocaron y cantaron por primera vez; algo que se pensaba eterno y era fugaz.

La primavera llegó por fin, y el calor fue derritiendo los neveros que persistían en las umbrías de las montañas; sin embargo, ese año no regresaron las golondrinas ni ninguna otra ave migratoria. Era la primera vez que Echegaray no veía las bandadas volando en formación, muy altas, en dirección al mar.

Pasaron tristes las semanas y con ellas se desvanecieron las esperanzas del gaucho de que alguien regresara a la estancia. Tal vez Dios había decidido borrar al hombre de la faz de la tierra; de ser así, él no le enmendaría la plana. Trató de imaginar el bagaje que los seres humanos habían acumulado a lo largo de tantas generaciones. ¿A quién le sería de utilidad ahora toda esa experiencia? ¿Dónde quedarían guardados los sentimientos y vivencias de tantos seres, a lo largo de decenas de miles de años? ¿En qué vasta memoria; en qué eterno olvido?

En una vereda moteada de flores Echegaray fue juntando un ramito. Luego compuso un poco las piedras que sostenían la sencilla cruz de la tumba de su esposa y depositó allí las flores. Se despidió  con ternura del perro y de los caballos, y fue abriendo de par en par las puertas de los corrales. Cargó la carabina, echó una lenta mirada a la belleza que le rodeaba y se disparó en la cabeza.

El perro se quedó muchas semanas cerca de los restos de su amo. A veces se ausentaba durante unas horas, hasta que lograba cazar algo que le sustentara, y luego regresaba junto Echegaray y se tumbaba a su lado sollozante. Un día, una jauría atacó la estancia. El noble animal les hizo frente con valor, pero finalmente murió despedazado. Los perros asilvestrados acabaron con los animales que quedaban en el lugar y luego se dirigieron al sur, recorriendo libres los páramos; señores de todo cuanto les rodeaba.

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2 thoughts on “Lugar solitario

  1. Creo que la única forma de soportar la soledad absoluta es teniendo la esperanza de que esta se termine. Así sobrevivió Robinson Crusoe, pero este no es el caso de nuestro protagonista. Somos animales sociales; no podemos evitarlo..

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