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Pequeña llama

En Encino, New Mexico, asistí por casualidad al funeral del reverendo Clifton Hallen, de la Iglesia Evangélica; hombre que ejerció su ministerio desde el fanatismo y desde la más absoluta intransigencia filosófica. Era viudo, y pasó sus últimos años en compañía de una de sus hermanas, la cual, seguramente, era la persona en el mundo que mejor le había conocido. Militó entre las filas de los creacionistas, abominando, en pleno siglo XXI, de las teorías de Darwin; dedicando mucho tiempo y dinero a arrojar niebla sobre cualquier convención científica (y esto abarcaba campos como la geología, la antropología, la paleontología, la astronomía, la física teórica, la botánica, etc.) que contradijese la interpretación literal de las Sagradas Escrituras.

Sentía muy poca simpatía por los católicos, a los que llamaba adoradores de Santos, o hijos de Babilonia. Se refería a los musulmanes como infieles, y, a los seguidores de cualquier otra religión, sencillamente como paganos.

Durante el funeral todos ponderaron la firmeza de convicciones y la abnegación del difunto. –Pocas veces he visto un hombre con una fe tan poderosa –afirmó uno de sus amigos. –Te equivocas, –dijo plácida y tristemente la hermana –su fe era tan débil e insignificante que jamás se permitió contrastarla con nada, y siempre la guardo con celo, como se guarda la llama de una cerilla cuando sabemos que la más leve brisa puede apagarla.