El ágape

(Fragmentos del diario de Julia Arnau)

29 de Octubre

Ya no salgo nunca. Y no es por esa silla de ruedas a la que he quedado condenada, si fuera necesario tengo a Imelda para empujarla y para atenderme en la calle, del mismo modo que me atiende en casa. Quien quiera verme tendrá que venir aquí; pero no vienen, porque saben que no quiero ver a nadie; no quiero verles jóvenes y felices, capaces de caminar, incluso de bailar, mientras yo permanezco en este mausoleo, vieja e impedida.

Creo que merezco algo más que su fingida compasión, después de todo hubo un tiempo en que yo era como una reina para todos ellos. Sí, eso nadie puede quitármelo: aquellos años maravillosos, cuando Ernesto presidía el Ateneo… Las fiestas, las recepciones, las noches de teatro… Solo Gloria Gálvez, la soprano, fue capaz de competir conmigo en influencia y número de admiradores. ¡La Gálvez, que fue una de las mujeres de bandera del mundillo cultural…! Pero incluso ella me trató siempre con deferencia.

2 de Noviembre

… Por la tarde ha venido Julián. Me ha traído unos dulces y los hemos tomado con horchata. Me ha regañado por no haber ido ayer al cementerio. Yo le he contestado que me niego a visitar ese archivo de cenizas; que ya mandé llenar de flores la tumba de Ernesto, aunque allí no quede ya nada de  él. Soy yo la que está viva y necesita atención, y sin embargo, estoy olvidada y enterrada para muchos. Luego me ha sugerido que compre uno de esos horribles cochecitos mecánicos para inválidos, pero le he prohibido volver a hablarme del asunto: a mi edad, me sentiría ridícula montada en un artefacto motorizado.

6 de Noviembre

Hoy ha vuelto a visitarme Julián, esta vez acompañado de Pepi Juárez. La ha traído para ayudarle a convencerme de que asista a la fiesta del centenario del Ateneo, que al parecer se celebra dentro de una semana. Yo me he resistido con mil argumentos, pero al final han logrado convencerme.

Quizás sea mejor así; será como una despedida. Tengo que buscar un vestido adecuado para Imelda; yo me pondré cualquier cosa. Estarán todos allí, al menos los que quedan vivos… Ahora podrán ver la magnitud de mi desdicha y la impiedad de su abandono. De nuevo seré el centro de la reunión, aunque esta vez de un modo patético.

13 de Noviembre

Tengo encima una sensación de cansancio infinito. Nunca dejaran de sorprenderme lo desagradecidas e inhumanas que pueden llegar a ser las personas.

¡Qué horrible fiesta, y que desengañada me sentí! Todos estaban alegres y apenas me prestaron atención. Me saludaban y enseguida huían, no se si espantados por mi semblante lastimero. Gloria Gálvez estaba entre los invitados, ¡y también en silla de ruedas! Y como resulta que está peor que yo, porque padece la enfermedad de Parkinson, acaparó toda la atención. Además, la cuidadora que la acompañaba era más guapa e iba más elegantemente vestida que Imelda.

Por si fuera poco, también Luis Medina acudió a la fiesta en una de esas sillas motorizadas y se pasó toda la noche de aquí  para allá, haciendo gala de muy buen humor y contando chascarrillos. Así que, Imelda y yo, estuvimos casi toda la velada con caras de pánfilas, ignoradas; abandonadas en un rincón como si fuésemos invisibles.

¡Ojalá Dios me lleve pronto de este mundo, para no tener que presenciar tanta ingratitud…!

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