Bob Dylan

La canción, como un árbol,

Brota del suelo abrasado

Y crece potente desplegando sus ramas

Hacia el cielo azul del verano.
 

Bajo el frescor y consuelo de ese ramaje

Se crea un nuevo ámbito donde se enamoran

Jóvenes de belleza mercurial

Y niños descalzos juegan y ríen

Amparados por ancianas venerables.

Aquí, hombres consumidos a los que la injusticia

Ha quemado hasta los huesos,

Hallan al fin el violín que cante su desdicha.
 

El viento hace sonar las ramas

Y les arranca

Su dilatado discurso de dolor y de amor.

Porque el desierto ha roto el corazón del viento

Y ya no queda sino cantar

El lamento de la tierra seca

Que sueña con las nubes que vendrán;

Con el agua que correrá sobre el suelo atormentado,

Que en breve gloria ha de florecer.
 

Bajo la gran  copa

Se demoran un instante,

Aquellos que un día eligieron la carretera

Para evitar que su sangre se volviese arena seca.

Y las muchachas perdidas,

En busca de la mirada que sepa ver su interior.

Y hombres buenos que rompieron

Las cadenas de sus hermanos;

Y  hombres cuyas almas de pájaro

Arden al viento como fuego.
 

Descansan en torno al árbol, inquieto y mágico

Cuyas raíces beben de ríos subterráneos;

De los sones campesinos,

De la música criolla,

Del espíritu de los negros, lamento o alegría;

De las guitarras mexicanas…
 

Todos ellos, Bob, quisieran trenzar

Con flores eternas

Una guirnalda que no se marchite,

Promesa de todo cuanto ha de perdurar,

Y coronar con ella tu frente ajada.

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