Amor improbable.

Desde el primer momento supe que eras una gacela; que tu corazón tan tierno no estaba hecho para ser maltratado. Y claro, también eras grácil y torpe, libre y gentil, como han de ser las gacelas de buena familia.

En el fondo yo me sabía lobo; aunque, desde luego, hubiese preferido ser como un ciervo, porque así podría haberte amado de la mejor manera posible: como ciervo curtido, majestuoso y protector, sin ese ansia mía devoradora, feroz y acechante.

Con tesón fui construyendo un disfraz tan elaborado que conseguí engañarte: un traje de lobo con piel de gacela. Me gustaba deambular a tu lado, y quizás tú dejaste de ver, en la expresión de mis ojos, ese fuego que al principio te inquietaba.

Con el tiempo he comprendido que son tres las características psicológicas que impulsan a tu estirpe: el sentido de protección, la necesidad inapelable de libertad y el anhelo eterno de la hierba que crece más allá del horizonte. En cambio, mi raza, ha sido impelida desde tiempos inmemoriales por el deseo, es decir, por el hambre.

No sin esfuerzo he renunciado a aullar (sé que esto provocaría en ti un miedo atávico). Las noches de luna llena me quedo a tu lado, y nuestro juego es siempre una lucha fingida que termina en caricias. Sé que pronto tendremos descendencia y me pregunto cómo serán nuestros hijos: quizás cervatillos-lobo… ¡Tan anhelantes, tan frágiles, tan feroces…!

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