Bob Dylan

La canción, como un árbol,

Brota del suelo abrasado

Y crece potente desplegando sus ramas

Hacia el cielo azul del verano.
 

Bajo el frescor y consuelo de ese ramaje

Se crea un nuevo ámbito donde se enamoran

Jóvenes de belleza mercurial

Y niños descalzos juegan y ríen

Amparados por ancianas venerables.

Aquí, hombres consumidos a los que la injusticia

Ha quemado hasta los huesos,

Hallan al fin el violín que cante su desdicha.
 

El viento hace sonar las ramas

Y les arranca

Su dilatado discurso de dolor y de amor.

Porque el desierto ha roto el corazón del viento

Y ya no queda sino cantar

El lamento de la tierra seca

Que sueña con las nubes que vendrán;

Con el agua que correrá sobre el suelo atormentado,

Que en breve gloria ha de florecer.
 

Bajo la gran  copa

Se demoran un instante,

Aquellos que un día eligieron la carretera

Para evitar que su sangre se volviese arena seca.

Y las muchachas perdidas,

En busca de la mirada que sepa ver su interior.

Y hombres buenos que rompieron

Las cadenas de sus hermanos;

Y  hombres cuyas almas de pájaro

Arden al viento como fuego.
 

Descansan en torno al árbol, inquieto y mágico

Cuyas raíces beben de ríos subterráneos;

De los sones campesinos,

De la música criolla,

Del espíritu de los negros, lamento o alegría;

De las guitarras mexicanas…
 

Todos ellos, Bob, quisieran trenzar

Con flores eternas

Una guirnalda que no se marchite,

Promesa de todo cuanto ha de perdurar,

Y coronar con ella tu frente ajada.

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Amor improbable.

Desde el primer momento supe que eras una gacela; que tu corazón tan tierno no estaba hecho para ser maltratado. Y claro, también eras grácil y torpe, libre y gentil, como han de ser las gacelas de buena familia.

En el fondo yo me sabía lobo; aunque, desde luego, hubiese preferido ser como un ciervo, porque así podría haberte amado de la mejor manera posible: como ciervo curtido, majestuoso y protector, sin ese ansia mía devoradora, feroz y acechante.

Con tesón fui construyendo un disfraz tan elaborado que conseguí engañarte: un traje de lobo con piel de gacela. Me gustaba deambular a tu lado, y quizás tú dejaste de ver, en la expresión de mis ojos, ese fuego que al principio te inquietaba.

Con el tiempo he comprendido que son tres las características psicológicas que impulsan a tu estirpe: el sentido de protección, la necesidad inapelable de libertad y el anhelo eterno de la hierba que crece más allá del horizonte. En cambio, mi raza, ha sido impelida desde tiempos inmemoriales por el deseo, es decir, por el hambre.

No sin esfuerzo he renunciado a aullar (sé que esto provocaría en ti un miedo atávico). Las noches de luna llena me quedo a tu lado, y nuestro juego es siempre una lucha fingida que termina en caricias. Sé que pronto tendremos descendencia y me pregunto cómo serán nuestros hijos: quizás cervatillos-lobo… ¡Tan anhelantes, tan frágiles, tan feroces…!

Ojos de veinte años.

Dejadme derrochar los días,

Como si guardasen mis manos

Virtud y secreto del tiempo.

 

Quiero ser un paria

Y sentirme como un rey

Que alimenta con oro puro

El más hermoso fuego.

 

¡Qué me importa que me amen o no,

Yo los quiero a todos con locura!

¡No estaría mal morir fulminado

Con tal de sentirse invulnerable!

 

Aquí, fugaces y sutiles,

Resplandecerán los frutos

De nuestros mejores años,

Que alimentados de amor o de savia

Triunfaran sobre el olvido,

Aunque no sobre el tiempo.

 

Mañana seré prudente;

Mañana seré realista;

Mañana seré mezquino;

Mañana resistiré la rutina

Hasta oxidarme por dentro,

Y mirare el mundo y las cosas

Con vuestros ojos de viejo.

 

Pero dejadme respirar hoy

Mi aliento de gigante.

¡No me cubráis de barro;

No me quitéis el velo!

Yo veo el mundo como debiera ser;

Vosotros, podrido y huero.