El sueño del gigante

Los días del gigante eran de lucha y de trabajos. Tenía mucho prestigio entre las gentes del valle; con sus propias manos había levantado el grueso muro de piedra que represaba el río, y siempre estaba dispuesto a prestar su ayuda cuando alguna pesada carreta quedaba atascada en el barro, o los aludes de nieve bloqueaban los caminos. Si el valle era atacado por una horda de enemigos, el gigante era armado con parsimonia (solo la coraza pesaba más de doscientos kilos), y lanzado contra los invasores, cuyas filas desbarataba con furia, blandiendo su temible maza hasta dispersarlos por completo y hacerles huir amedrentados y molidos.

En esas ocasiones el gigante se convertía en el héroe local y todos le trataban con respeto y cariño; tanto era así que a veces, ciertos sentimientos de autocomplacencia y de orgullo asomaban a su pecho, amenazando con arruinar su carácter, por lo común gentil y benévolo. Pero llegaba la paz, y transcurrían los días sin que su fuerza y valor fuesen requeridos por nadie, y entonces sentía la mordedura de la soledad, porque las muchachas nunca bailaban con él en las fiestas, y una barrera invisible le impedía crear con los otros, lazos de verdadera amistad. Y un día comprendió que todos le temían secretamente.

Cuando estaba triste, pasaba mucho tiempo nuestro gigante durmiendo en su cabaña. Entonces soñaba que era pequeño y desvalido; que los demás eran fuertes y poderosos, y le protegían con su presencia imponente; que velaban su sueño y le arropaban con manos gigantes.