Jericó

Bajé al valle y llegué ante las puertas de Jericó, bajo las murallas, un día derribadas, que los cananeos habían vuelto a erigir.

­­—Abridme —dije, —pues he fatigado los caminos y quisiera pasar la noche al abrigo de vuestros muros.

— ¡Vete, pordiosero! —me respondieron entre risas y burlas los guardianes desde la muralla. —En esta ciudad  tenemos ya muchos mendigos.

—No soy mendigo, sino músico, —contesté.

Los soldados enmudecieron, y sus semblantes se llenaron de pavor y de consternación cuando desenvolví la trompeta.

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