Jericó

Bajé al valle y llegué ante las puertas de Jericó, bajo las murallas, un día derribadas, que los cananeos habían vuelto a erigir.

­­—Abridme —dije, —pues he fatigado los caminos y quisiera pasar la noche al abrigo de vuestros muros.

— ¡Vete, pordiosero! —me respondieron entre risas y burlas los guardianes desde la muralla. —En esta ciudad  tenemos ya muchos mendigos.

—No soy mendigo, sino músico, —contesté.

Los soldados enmudecieron, y sus semblantes se llenaron de pavor y de consternación cuando desenvolví la trompeta.

Adiós, Vera.

Vera se despidió con un largo abrazo y una mirada expresiva; y Oscar espero un poco hasta verla alejarse entre la fila de gente que se dirigía hacia el avión, y solo entonces dejó que algunas lágrimas asomasen a  sus ojos. Luego la imaginó en el asiento, volando de regreso a casa, con su pobre maleta llena de ropa sexi de mercadillo, en la que estarían entremetidos el pasaporte albanés y las radiografías donde aparecía su pequeña mandíbula con una fisura en el hueso y dos dientes partidos. Si, había perdido la batalla y de momento se replegaba, pero él quiso pensar  que no habían logrado someter su juventud; que aún quedaba en ella algo invencible e inocente a pesar de los golpes y del desengaño.

En el taxi de vuelta, se acordó de los primeros días, cuando ella comenzó a venir por el bar, primero por casualidad, luego porque se encontraba a gusto allí; hasta irse quedando; hasta formar parte del variopinto grupo de individuos que frecuentaba el local. Al principio le impresionó un poco su actitud desafiante; había en ella una dureza genuina, enfatizada por sus ojos negros, y el pelo azabache, que hacían resaltar la palidez de su cuerpo delgado.

Le entregaba cedés de hip hop que solía llevar en el bolso y le pedía, en su mal español, que se los pusiese, y él los ponía un rato, a pesar de que el hip hop no era la música que solía pinchar en el bar; pero también él tuvo una vez dieciocho años, y sabía que, a esa edad, la música que a uno le gusta es un asunto muy serio.

Luego comenzó a venir con aquel chico, Misha, al que había conocido en una discoteca; y fue una sorpresa y una satisfacción comprobar que no era tan dura. Era bonito verlos en la terraza, rodeados de gatos  y de macetas, cogidos de la mano, o dándose besos interminables. Después de todo ella era una adolescente, por mucho que la vida se hubiese empeñado en hacerla madurar demasiado deprisa.

Oscar estaba contento de tener el bar. Por las tardes levantaba la persiana, regaba las macetas, ponía la música que quería, encendía un porro y esperaba tranquilamente a que fuesen  llegando los clientes. Tenía un carácter abierto y  acogía a todo el mundo, de manera que, poco apoco, el local se le fue llenando de todo tipo de personajes, a los que muchos otros hubieran considerado indeseables. Estos, (no sabía si debido a una especie de buen karma) se comportaban muy bien con él, valoraban mucho su hospitalidad y casi nunca le creaban problemas.

También para Vera aquel lugar era un refugio. Se le notaba en los ojos, y en esa actitud  que parecían decir: cuidado, no pido compasión, soy valiente, pero necesito un lugar donde estar relajada y alguien solido en quien confiar. Él sentía debilidad por ella, quizás porque era solo un poco mayor que sus hijas, y también porque, seguramente, era la persona más fuerte, más noble y más vulnerable que conocía.

Habían cogido confianza enseguida, y un día, ella le confesó que se paseaba por la noche junto a la carretera, sobre los tacones más altos que tenía, y se metía en el asiento de atrás de los coches con desconocidos que hacían uso de su cuerpo, y hacía bien su trabajo, pero nunca sonreía, y tomaba drogas para olvidarse del miedo y del asco. Era su manera de mantenerse en la brecha, la única que había encontrado hasta ahora. Y Misha no sabía nada, y ella tenía miedo de decírselo, porque él era muy niño, a pesar de tener dos años más, y era la única  parcela de pureza que había en su vida.

No se vio con derecho a sermonearla diciéndole que había cogido un mal camino o cosas así, y ella lo agradeció y, seguramente por eso, continuó viniendo por el bar.

Desde entonces le daba un poco de pena cuando la veía en compañía de  Misha. Una tarde, conversando con ellos en la barra, tuvo una extraña sensación. Mientras el chico hablaba Vera lo miraba fijamente, con las pupilas  dilatadas, en una actitud que tenía algo  de posesión o de delirio. Y, por un instante, le pareció que había en ella algo indefinible y monstruoso.

Entonces fue cuando aquellos tipos que pretendían chulearla comenzaron su acoso. Vera los iba esquivando como podía, cambiando de zona y con otras estratagemas, pero era evidente que la situación era insostenible y que, tarde o temprano, tendría que cambiar de ocupación o marcharse a otra ciudad, si no quería caer bajo su dominio. Por el momento Oscar le guardaba el dinero en el bar, escuchaba sus problemas e intentaba darle buenos consejos.

Se sentía tan agradecida que, a veces, cuando estaban solos, se abalanzaba sobre él tratando de abrirle la cremallera del pantalón.

— ¡Yo contigo lo hago cinco veces gratis… cuando tú quieras! —le decía. Pero él la detenía amablemente. No era ningún santo, pero no se le había pasado por la cabeza aprovecharse de Vera; además, también él necesitaba en su vida  alguna porción de pureza.

—No, chiquilla, tú y yo somos amigos, y los amigos no se cobran los favores.

Y Vera continuó por algún tiempo con aquella vida, que era lo más parecido a caminar por la cuerda floja que Oscar podía imaginar. Hasta que, finalmente, le dieron aquella paliza; pero antes ocurrieron otras cosas que ella  había tenido la necesidad de contarle, y que ahora le resultaba doloroso recordar.

Una noche se exhibía junto a la carretera, como tantas veces, y un coche se detuvo a su lado. Dentro había tres chicos jóvenes, bastante contentos, que seguramente venían de hacer  botellón. Vera se puso a la defensiva, adoptando una actitud de dureza, porque conocía el percal y sabía que los chavales de esa edad, cuando están en grupo, suelen resultar demasiado crueles o demasiado graciosos.

— ¡hola, bombón! ¿Cuánto cobras por un francés?—dijo el que iba sentado al lado del conductor.

— Por chuparla veinte euros, cariño.

— ¿Nos lo harías a los tres por cuarenta?

—Niño, ¿tú te crees que esto es el top manta, o qué? Ya te he dicho lo que cobro. — contestó malhumorada.

Finalmente aceptaron el precio y ella entró en la parte de atrás del auto, y  se sentó en la penumbra junto al tercer chico, al que aún no había visto, y se puso a bajarle la cremallera mientras los otros le magreaban los pechos y los muslos. Entonces todo se derrumbó, porque algo no encajaba en absoluto; porque aquellas manos apartaban las suyas resistiéndose, y el rostro que la miraba expresaba sorpresa y dolor, y ella se quedó helada, y antes de que pudiera decir nada, él había salido del coche y había echado a correr. Vera salió a la noche, pero casi no podía correr con los tacones tan altos, y lo llamó a gritos, mientras las lagrimas le descomponían el maquillaje: — ¡Misha…! ¡Misha…! —pero el muchacho se alejaba sin detenerse, y su figura se iba adentrando en la oscuridad, iluminada a intervalos por los faros de los coches, que zumbaban indiferentes atravesando la noche.