La Sibila

Después de vivir  incontables peripecias, con el peso de los años y la fatiga escritos en el rostro, hallé finalmente el jardín de la Sibila. Dejé en el umbral la espada, y avancé entre la maleza enmarañada y marchita pisando las losas con los pies descalzos. Y llegué ante aquella que guarda el oráculo y puede ver el pasado, el presente y el futuro; ante aquella que bebe la sangre de los niños, y es capaz de desentrañar la caprichosa trama que tejen los dioses con las vidas de los hombres.

No sin miedo levanté la vista para contemplar su rostro: había en sus ojos tanto dolor y tristeza; tanta locura, que no me atreví a preguntar. Y volví sobre mis pasos, curado ya de mi obsesión; y emprendí el largo retorno, guardando en el pecho, como un tesoro, la esperanza que me quedaba.

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