Mis manos.

A mis verdugos ya no les guardo rencor; ahora su recuerdo solo me produce cansancio y tristeza. No siempre fue así. Durante años tuve que vivir con una sensación de ahogo, de rabia y de humillación que me acompañaba siempre. Era como si, al cortarme las manos, me hubiesen cercenado también la capacidad para el amor y la alegría. Si algo bueno o agradable me distraía, era por poco tiempo; en seguida la visión de mis muñones me sumergía de nuevo en un rencor obsesivo, prolongando mi tortura en el tiempo.

Una tarde soñé que estaba muerto. Mi espíritu despertaba poco a poco a una luz desconocida y a una nueva conciencia, hasta hallarse en un lugar placido en el que pude sentir paz después de mucho tiempo. ¡Cómo explicar la dicha que experimenté al contemplar de nuevo mis manos…! porque mi ser estaba otra vez integro. Todo me había sido restituido, también la inocencia y la alegría, y mi alma y mi cuerpo eran hermosos e invulnerables.

Cuando desperté, se habían disipado totalmente la amargura y los deseos de venganza. Desde entonces, siempre que contemplo mis muñones, tengo presente que las cosas de  este  mundo no son sino ilusión y espejismo. Durante mucho tiempo viví con la creencia de haber quedado manco, al igual que mis torturadores están en el engaño de haberme mutilado.

Abre y entra.

Me dijeron que tuviese cuidado, que dentro había un loco que comía animalitos vivos, el cual, habría de rebelarse contra el mal y su propia locura. Que encontraría jóvenes abnegados y muchachas llenas de vida, amor e inteligencia, cuya juventud era acechada por el ansia de un viejo triste y maldito. Y otro viejo heroico y cazador. Y lobos, fuegos fatuos, gusanos y tierra removida. Y un castillo entre la niebla y el vértigo. Y un barco desdichado. Y toda la ciudad de Londres amenazada con sus puentes, sus teatros y sus multitudes. Yo quería ver todo eso, así que abrí las tapas y me puse a leer las páginas del más famoso libro de vampiros.

Cibernética

No cabe duda, soy un robot. Ha sido cruel mantenerme engañado; hacerme creer que era un ser humano. Ellos insertaron en mi mente todos esos recuerdos: los juegos de la infancia, la ternura y los consejos de mi madre; el amor de Clara, el dolor de perderlas a las dos… Ahora sé que nunca existieron. También las tardes de futbol, mi pasión por el Atlético, mi afición a la filatelia… La triste realidad es que nada de eso me pertenece.

Un indigente, un presidiario, un leproso: son humanos; yo ni siquiera tengo eso. En este momento solo tengo este bar, el vaso de cerveza, mi incertidumbre y la pantalla del televisor donde están retransmitiendo el partido. Lo más prudente será largarme, escapar; porque ellos saben que he descubierto la verdad y ahora intentaran neutralizarme.

Ya deben estar sobre mi pista, pero me quedaré para ver terminar el encuentro. Después de todo, que tu equipo juegue la final de la Champions, es algo que no sucede todos los días.

La Sibila

Después de vivir  incontables peripecias, con el peso de los años y la fatiga escritos en el rostro, hallé finalmente el jardín de la Sibila. Dejé en el umbral la espada, y avancé entre la maleza enmarañada y marchita pisando las losas con los pies descalzos. Y llegué ante aquella que guarda el oráculo y puede ver el pasado, el presente y el futuro; ante aquella que bebe la sangre de los niños, y es capaz de desentrañar la caprichosa trama que tejen los dioses con las vidas de los hombres.

No sin miedo levanté la vista para contemplar su rostro: había en sus ojos tanto dolor y tristeza; tanta locura, que no me atreví a preguntar. Y volví sobre mis pasos, curado ya de mi obsesión; y emprendí el largo retorno, guardando en el pecho, como un tesoro, la esperanza que me quedaba.

El idiota

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Treinta años y es como un niño de diez. Su corpachón de campesino no ha perdido el ritmo pausado del campo, y  camina sin prisa por las sucias y ruidosas calles donde los demás se apresuran siempre.

Esta ciudad tan saturada de ruidos y de cosas es un desierto de felicidad donde apenas se puede hallar una sonrisa limpia; donde los jóvenes se avergüenzan de la ternura y de la piedad, y tienen, siempre dispuesta, la flor del cinismo asomando a la boca.

Si os cruzáis con él e intentáis hablarle os mirará con el ceño fruncido, como queriendo escrutar vuestras intenciones, y solo si en ellas hay bondad y compasión podréis obtener de él unas palabras. Descubriréis entonces que atesora invencibles recuerdos de un mundo diáfano y luminoso; del calor de gentes acostumbradas a la  dureza que no han perdido la solidaridad ni la ternura; de un lugar donde no están desterrados el silencio y la gracia. ¿Qué se puede comparar a la alegría de una fuente clara  que mana de las rocas desnudas entre el verdor, o al sol que nos calienta la piel en el aire limpio y fragante de la mañana? Pero vaga por las calles turbias sabiéndose un error que no tiene cabida en este caos organizado. Buscando; buscando la voz amiga de la señora Fina, o la de Tomás  el quiosquero, que charla con él y le regala pipas.

Su andar, pausadísimo,  no está  exento de elegancia. Tampoco sus ropas pobres pero pulcras. La madre se ocupa de eso; la madre es como la tierra que guarda, en las manos, en el rostro curtido, en el olor del cuerpo la fuerza y la pureza del campo.

A veces, ante la luna, ante un atardecer tras el  bosque de antenas de las terrazas, o dibujando torpemente una flor con su armonía de tallos y de pétalos, siente que todo se encaja dentro de él, y es como cuando la naturaleza lo acogía en la paz de los campos o de los huertos. Entonces el ritmo de la vida se acompasa a su ritmo, y comprende, muy adentro, que es parte de todo: de un mundo perfecto formado también de seres imperfectos.

Millonarios excéntricos.

Reunida en comité, la Sociedad De Millonarios Cristianos decidió forjar una gigantesca aguja de oro. Cuando el ciclópeo objeto estuvo terminado, fue alzado como un obelisco. Luego, se sentaron todos ante él, a fumar sus puros y a contemplar con satisfacción cómo un camello de buen tamaño pasaba con holgura a través del ojo.

Timar al Diablo

Un hombre sin fortuna fue tentado por el Diablo: a cambio de su alma le serían otorgadas grandes riquezas, atractivo, fama y prestigio. El hombre acepto y obtuvo  lo prometido. Utilizó las riquezas para socorrer a los pobres; entregó su amor a mujeres poco agraciadas; y aprovechó su influencia para extender  la fraternidad y la justicia.

Cuando murió, el Diablo reclamó su alma y la condujo al infierno. Pero el alma brillaba entre la oscuridad y el fuego con una luz clara que era insoportable para los demonios, y no tuvieron más remedio que dejarla marchar.