Banderas y preguntas

Una mañana cualquiera, a Pepe le da el ramalazo y cuelga orgulloso una bandera en su balcón. El balcón da a una calle con muchas ventanas y balcones de los que cuelgan banderas iguales a la suya, en el centro de una ciudad engalanada con innumerables banderas, en cuya plaza central ondea, altiva, una enorme bandera diez veces más grande que la de Pepe.
Después del desayuno, Pepe recorre en coche la carretera del norte y contempla con satisfacción a la gente que pasea delante de los adosados y de las casas con jardín de las afueras. Las banderas se agitan en la brisa de la mañana. En su camino atraviesa campos, pueblos y ciudades con las calles salpicadas del color de las banderas. Finalmente se detiene a almorzar en una de estas ciudades y decide visitarla. Al principio todo es normal, la ciudad bonita y la gente simpática; pero luego se da cuenta de que se ha alejado demasiado de su lugar y de que allí, la bandera que luce por doquier, es otra distinta de la suya. Pepe se siente inquieto y comienza a mirar a la gente con desconfianza y a fijarse en los matices de su acento y en las caras que ahora le parecen extrañas y hostiles. Cree percibir, como algo vivo, el fanatismo a su alrededor. Paga la cuenta y se marcha de allí cuanto antes, sin apenas visitar los lugares de interés de la ciudad ni hablar ya con nadie más.
En el camino de regreso a Pepe le entra la tristeza y se pregunta de dónde habrán salido tantas banderas ­-hace algunos años apenas se veían banderas y uno se sentía agusto en cualquier lugar- reflexiona. Todo esto le ha hecho plantearse algunas cuestiones: ¿A qué damos más importancia, a la hermandad entre las personas, o a los nacionalismos y orgullos patrios? ¿Por qué el cariño al propio país, sentimiento que quizás es tan natural como el amor que profesamos a nuestros padres, es utilizado a veces como arma contra los demás, hasta el punto de hacerles sentir obligados a declarar su patriotismo? Y si, llegados a un punto, somos conscientes de que ese patriotismo ha dejado de ser tal, para convertirse en fanatismo de la peor espacie; si nuestra inteligencia y memoria nos advierten de los desastres a los que suele encaminarnos el nacionalismo, ¿No sería amar poco y mal a nuestro país avivar esa llama empujándolo a la confrontación y al odio? ¿Por que caemos una y otra vez en la ilusión de las guerras y en la trampa de las banderas?
Por la noche, cuando todos duermen, Pepe retira furtivamente la bandera de su balcón y la guarda en un armario.

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Pubertad

Jenny vive sobre la colina, en la casa de madera ennegrecida. A veces la visito —nos hacemos confidencias cogidos de la mano, sentados entre la hierba marchita—. Yo la amo a pesar de su familia; mi madre siempre me dijo que me mantuviese alejado de la casa de las cortinas cerradas.

Una vez, los muchachos le arrojaron piedras a Jenny cuando trató de acercarse al lugar donde jugábamos. Ese día yo la defendí, y ella me miró de verdad por primera vez. La noche parecía nacer y derramarse de sus ojos.

Todos aquellos chicos han muerto de alguna manera desdichada o sangrienta, y el pueblo parece enfermo y triste, como si la vieja casa hubiera extendido su oscuridad colina abajo hasta anegarlo todo.

Esta tarde Jenny se ha fugado descolgándose por la ventana de su cuarto. Yo la esperaba en el suelo y, al ayudarla a descender, he notado como su cuerpo menudo temblaba por el miedo. Supongo que es duro para ella desobedecer a los suyos. La he llevado al baile del instituto. Hemos dado vueltas en mitad de la sala, a despecho de todos, y ha sido como bailar solos en lo profundo del bosque. Sus ojos eran una noche con las puertas abiertas. Luego la he besado y, por primera vez, ella ha sonreído de verdad y he podido ver sus dientes terribles en la penumbra.

He recordado a los chicos. Poco a poco voy comprendiendo el incierto destino de Jenny: sola, sonriendo aún ante mí, ya sin el amparo de su temible familia; plenamente confiada en mi amor, que ahora es tan solo una mezcla de lástima y repulsión.

Ecos

Ayer mis pasos me llevaron de nuevo a la casa. No sé por qué salté la verja, quizás necesitaba encontrar respuestas. El pequeño jardín estaba invadido de maleza; nadie ha estado por allí desde que tuvimos que marcharnos. Rompí el cristal y entré en la cocina. Aún colgaban de las ventanas los visillos anaranjados que prestaban al aire la misma luz de melocotón, pero el olor era de polvo y de moho y me fue difícil evocar los aromas de antes. En el marco de la puerta permanecían todavía las marcas con que mi madre había ido señalando nuestra altura a lo largo de los años. Claramente se me representó su rostro, sus manos enharinadas; el brillo de sus ojos cuando nos tenía a su alrededor. Fui recorriendo el resto de la casa. Los cuartos vacíos estaban poblados de ecos y de risas, de pasos, de instrumentos que ensayaban una y otra vez las mismas canciones. En el cuarto de mi hermano solo quedaba el somier. Recuerdo sus fotos vestido de uniforme y las armas que trajo de aquella guerra en la que finalmente perdió la vida. Mi madre mantuvo su cuarto intacto durante mucho tiempo, supongo que ella necesitaba su tiempo para despedirse de las personas y de las cosas. Ahora comprendo que no pudo resistirlo, que no fue capaz de seguir adelante cuando el banco se quedó con la casa. Tampoco los árboles consiguen perdurar cuando son arrancados de la tierra.

dibujo ecos

Ilustración de Maëla San Martín

África

El hombre viejo ha realizado dos clases de viajes a lo largo de su vida: los, digamos físicos, recorriendo remotos lugares para conocer a otras personas y respirar y sentir el paisaje que las ha ido forjado; y los virtuales, realizados a través del cine de la música, de la literatura… Ha conocido infinidad de lugares, pero nunca ha visitado físicamente África. Esta posibilidad ha sido postergada durante años, como se posterga el mejor plato de un íntimo banquete. Cuántas veces su imaginación ha anticipado con placer la primera visita a esa tierra; a ese estado de ánimo, al que reconoce haber idealizado otorgándole un aura de intensidad elemental, de belleza neta, de aventura y de invencible fuerza telúrica. Y por fin, hoy, su avión está aterrizando en Nairobi. El corazón se le acelera, y cree percibir ya, la fragancia de la sabana en el atardecer, la totémica silueta del elefante, el sonido de un tambor en lo oscuro… y el hombre viejo desciende a tierra con la emoción que solo sienten los que regresan; los que vuelven a la infancia, a su casa, al punto de partida

Ilustración de Maëla San Martín

 

Influencia

Me gustaba la noche. De día yo era un ser alienado; un tipo incomprendido, somnoliento y cabizbajo que no encontraba su lugar en esta maldita ciudad. Pero de noche tenía mis cómics, mis libros y la radio.

Cuando todos dormían yo permanecía con la luz encendida y conectaba el transistor con el volumen adecuado para no molestar (es curioso que, ahora, encerrado en esta celda donde dispongo de tanto tiempo y silencio, apenas escuche ya la radio). Luego me servía un poco de  coñac y, la mezcla de ligera embriaguez y estímulo que me producía se sumaba a la embriaguez y al estimulo de las voces de los locutores y de las melodías que estos lanzaban a las ondas.

Que cálidas y carismáticas son a veces esas voces de los locutores de radio; y que maravilloso que alguien hable para ti, que ponga música para ti, y, al mismo tiempo, para tantas otras almas solitarias. Os aseguro que hay un duende en las ondas que recorren la noche; un duende que te hechiza  y puede contarte historias maravillosas; que recupera para ti canciones olvidadas y te hace comprender que no estás solo; que muchos han sentido en el pasado los mismos anhelos e inquietudes que sientes tú. Ese duende puede hacerte sabio en mil materias, pero también puede darte a conocer la fe y los dogmas de una religión o inyectarte todo el odio que un locutor enfermo ha alimentado a lo largo de su vida.

Cuando uno está solo se vuelve desconfiado y se siente más seguro teniendo cerca algún arma.

El juez no quiso comprender que yo de algún modo, no era dueño de mis actos; que no pude escapar de su hechizo, porque ellos nos tienen; porque pueden darnos lo que necesitamos y porque saben muy bien hasta que punto estamos solos.

Mitomanía

Hubo una época en la que intenté imitar a Bogart. Poco a poco fui adoptando sus ademanes de tipo duro,  asimilé su seca masculinidad, e incluso traté de imbuirme del idealismo que, a pesar de su cínico comportamiento, se adivinaba en los personajes que solía interpretar en la pantalla. A la hora de buscar un empleo opté por el ramo de la investigación privada; y, al final, me metí tanto en el papel que comencé a fumar su marca de cigarrillos y a beber su mismo güisqui; de manera que la cosa se me fue de las manos y mis familiares acabaron por internarme en una casa de reposo.

Por fortuna he logrado curarme. Ahora trabajo de chupatintas en una oficina, pero no me quejo; supongo que busco mi propio camino y la forma de recorrerlo. Sin embargo, no siempre es fácil, ya que el destino parece empeñarse en ponernos a prueba. Desde hace dos días, tenemos una nueva becaría en la oficina que se parece endemoniadamente a “la Flaca”— incluso posee su magnetismo e inteligencia— y claro, entre eso y que llega la primavera, me estoy temiendo una seria recaída.

(Este microrrelato participa en la página “estanochetecuento” cuyo tema es my way. )

La última palabra

Roque “el Tiznao” era el más testarudo del pueblo. Cuando murió dejó abiertas varias controversias sobre diferentes cuestiones; ya que, por más diáfanamente que los hechos le pusieran la verdad ante los ojos, jamás se desdijo de una opinión ni dio del todo su brazo a torcer.

En su lápida dejó escrito: “El tiempo me dará la razón”.

( Este microrrelato participa en la página estanochetecuento.com, cuyo tema este trimestre es: epitafios.)

Fábula

He oído decir que los niños de teta, cuando oyen llorar a otro bebé, o sienten que alguien sufre cerca de ellos, se muestran tristes e inquietos, e intentan consolar a quien padece, y no recobran la alegría hasta que la paz vuelve a reinar en su entorno. Me pregunto en qué punto del camino perdemos o se nos arrebata esa cualidad.

Entre nuestra ciudad y la de los tolmenos la tierra se despeña en un profundo cañón por cuyo fondo discurre, mil metros más abajo, un río de aguas terrosas e inquietas. Llamamos a este barranco la depresión del Rifell.

Durante mucho tiempo, nuestra ciudad estuvo aislada de los tolmenos y de las otras tres ciudades que pueblan la margen oriental del Rifell, viviendo de espaldas los unos a los otros; pero, hace un siglo, nuestros antepasados construyeron un puente de admirable ingeniería en el lugar donde los dos extremos del precipicio se acercan como queriendo tocarse, y desde entonces hemos disfrutado del comercio y del intercambio con las culturas del este.

Aquellos de nosotros de espíritu viajero, dejamos de estar limitados a las ciudades occidentales o a las playas del sur, abriéndose a nuestros ojos el exotismo de las poblaciones del otro lado, con sus villas, monumentos y mercados. Y los tolmenos aprendieron de nuestra ciencia; y nosotros de su medicina; y, con el paso del tiempo, fuimos observando con placer cómo los vecinos iban adquiriendo algunas de nuestras más queridas costumbres, y una cierta hermandad se ha forjado entre nosotros, de manera que hoy nos gusta llamarnos “los pueblos de las riberas del Rifell”.

Un día, sin que nadie lo esperase, llegaron los tarnos, pueblo guerrero de las estepas orientales, y cayeron como la tormenta sobre las cuatro ciudades del este; pero a nosotros no nos atacaron.

En mi opinión, esta estrategia es un síntoma de gran inteligencia por parte de los tarnos, aunque nuestros dignatarios afirman que ha sido nuestra ciencia y potencia militar la que ha disuadido a los invasores.

Nuestros vecinos de las cuatro ciudades han luchado valientemente, a pesar de lo inesperado y violento del ataque; pero los tarnos se han adentrado ya en gran parte de sus territorios, perpetrando atrocidades y causando gran mortandad. Nosotros, por nuestra parte, hemos cerrado y fortificado el puente, estableciendo rigurosos controles fronterizos.

Aún así, una oleada de desplazados que huían de la guerra, logró atravesar hace unos meses el puente, hecho que sirvió de detonante a fuertes controversias, pues algunos abogaron por hacer un frente común con los tolmenos, mientras otros, se han negado desde el principio a intervenir en la guerra, y advierten del peligro que supondría para nuestro bienestar recibir un éxodo masivo de extrangeros.

El debate era encendido y caldeaba cada vez más la vida pública; hasta que una noche, mientras dormíamos, sentimos un estremecimiento y una sorda conmoción, y la luz del día nos reveló que alguien había volado el puente sobre el Rifell.

Va pasando el tiempo y la vida continúa en nuestra ciudad, donde no dejamos de acudir a las carreras de caballos que tanto nos gustan, y de celebrar competiciones deportivas así como concursos de belleza. Nuestro príncipe ha organizado recientemente unos desfiles donde varios altos dignatarios han sido condecorados con la medalla de la paz, destacándose en los discursos el merito que este galardón supone en tiempos tan convulsos. Y en el verano viajamos a las playas del sur, y todo es normal, de no ser porque, a veces, en el fondo del cañón, se ven pequeñitos los cadáveres que el río deposita en la orilla.

Los que viven cerca del barranco, han visto alguna vez, figuras que pasean cabizbajas del otro lado, al borde del abismo, y que acaban por arrojarse al vacío.

A veces algún intrépido logra atravesar la corriente y escalar la  inconsistente ladera del barranco llegando con vida hasta nosotros, pero es recibido con frialdad por nuestros soldados, y, ante la imposibilidad de devolverlo, es internado con otros exiliados en un miserable campamento provisional.

Contra todo pronóstico, los tolmenos, siguen resistiendo, pero al parecer sus enemigos les han acorralado contra la depresión del Rifell, donde se teme que se produzca una terrible matanza.

Nos llegan además otras noticias inquietantes, que algunos tildan de rumores: se dice que los tarnos han rodeado ya la depresión del Rifell por el norte y han pasado a este lado, atacando Aúrica, pero respetando al resto de nuestras ciudades. También se dice que las poblaciones más próximas al conflicto, están levantando un muro que las separe de  Aúrica y de los tarnos.

Queremos pensar que todo eso sucede aún lejos de nosotros, y continuamos con nuestro día a día, aunque, eso sí, evitamos acercarnos al Rifell, porque a menudo se oyen del otro lado, gritos atroces, y las aguas, allá  en lo hondo, descienden a veces demasiado rojas, y esas cosas le producen desazón a cualquiera.