Ecos

Ayer mis pasos me llevaron de nuevo a la casa. No sé por qué salté la verja, quizás necesitaba encontrar respuestas. El pequeño jardín estaba invadido de maleza; nadie ha estado por allí desde que tuvimos que marcharnos. Rompí el cristal y entré en la cocina. Aún colgaban de las ventanas los visillos anaranjados que prestaban al aire la misma luz de melocotón, pero el olor era de polvo y de moho y me fue difícil evocar los aromas de antes. En el marco de la puerta permanecían todavía las marcas con que mi madre había ido señalando nuestra altura a lo largo de los años. Claramente se me representó su rostro, sus manos enharinadas; el brillo de sus ojos cuando nos tenía a su alrededor. Fui recorriendo el resto de la casa. Los cuartos vacíos estaban poblados de ecos y de risas, de pasos, de instrumentos que ensayaban una y otra vez las mismas canciones. En el cuarto de mi hermano solo quedaba el somier. Recuerdo sus fotos vestido de uniforme y las armas que trajo de aquella guerra en la que finalmente perdió la vida. Mi madre mantuvo su cuarto intacto durante mucho tiempo, supongo que ella necesitaba su tiempo para despedirse de las personas y de las cosas. Ahora comprendo que no pudo resistirlo, que no fue capaz de seguir adelante cuando el banco se quedó con la casa. Tampoco los árboles consiguen perdurar cuando son arrancados de la tierra.

África

El hombre viejo ha realizado dos clases de viajes a lo largo de su vida: los, digamos físicos, recorriendo remotos lugares para conocer a otras personas y respirar y sentir el paisaje que las ha ido forjado; y los virtuales, realizados a través del cine de la música, de la literatura… Ha conocido infinidad de lugares, pero nunca ha visitado físicamente África. Esta posibilidad ha sido postergada durante años, como se posterga el mejor plato de un íntimo banquete. Cuántas veces su imaginación ha anticipado con placer la primera visita a esa tierra; a ese estado de ánimo, al que reconoce haber idealizado otorgándole un aura de intensidad elemental, de belleza neta, de aventura y de invencible fuerza telúrica. Y por fin, hoy, su avión está aterrizando en Nairobi. El corazón se le acelera, y cree percibir ya, la fragancia de la sabana en el atardecer, la totémica silueta del elefante, el sonido de un tambor en lo oscuro… y el hombre viejo desciende a tierra con la emoción que solo sienten los que regresan; los que vuelven a la infancia, a su casa, al punto de partida.

Influencia

Me gustaba la noche. De día yo era un ser alienado; un tipo incomprendido, somnoliento y cabizbajo que no encontraba su lugar en esta maldita ciudad. Pero de noche tenía mis cómics, mis libros y la radio.

Cuando todos dormían yo permanecía con la luz encendida y conectaba el transistor con el volumen adecuado para no molestar (es curioso que, ahora, encerrado en esta celda donde dispongo de tanto tiempo y silencio, apenas escuche ya la radio). Luego me servía un poco de  coñac y, la mezcla de ligera embriaguez y estímulo que me producía se sumaba a la embriaguez y al estimulo de las voces de los locutores y de las melodías que estos lanzaban a las ondas.

Que cálidas y carismáticas son a veces esas voces de los locutores de radio; y que maravilloso que alguien hable para ti, que ponga música para ti, y, al mismo tiempo, para tantas otras almas solitarias. Os aseguro que hay un duende en las ondas que recorren la noche; un duende que te hechiza  y puede contarte historias maravillosas; que recupera para ti canciones olvidadas y te hace comprender que no estás solo; que muchos han sentido en el pasado los mismos anhelos e inquietudes que sientes tú. Ese duende puede hacerte sabio en mil materias, pero también puede darte a conocer la fe y los dogmas de una religión o inyectarte todo el odio que un locutor enfermo ha alimentado a lo largo de su vida.

Cuando uno está solo se vuelve desconfiado y se siente más seguro teniendo cerca algún arma.

El juez no quiso comprender que yo de algún modo, no era dueño de mis actos; que no pude escapar de su hechizo, porque ellos nos tienen; porque pueden darnos lo que necesitamos y porque saben muy bien hasta que punto estamos solos.

Lugar solitario

Echegaray tenía la piel curtida por el sol de diez mil días, y por el viento duro y persistente de La Patagonia. Como era el único gaucho de la estancia podía pasarse siete meses sin ver un cristiano. Porque todos los años, al terminar el verano, el patrón y su familia se marchaban al norte y allí solo quedaban los solitarios barracones, el cielo transparente, la tierra endurecida y helada, y el silencio, roto tan solo por el triste mugido de las reses o por el aullido de algún perro. Y todo eso existía porque alguien, Echegaray, permanecía allí para percibirlo y registrarlo en su alma.

Transcurrían los primeros días de junio y el gaucho se había hecho ya a la rutina de la estación solitaria. Era hombre capaz, poseedor de numerosas destrezas adquiridas con los años. Podía pelar una oveja en un santiamén, domar un potro cimarrón, sacrificar y despiezar una res o reparar la vestimenta del caballo. No habría podido decir con certeza su edad, aunque sabía que no andaba lejos de los sesenta. De joven había visitado alguna ciudad, entrado en un cine, asistido al teatro… Todos esos recuerdos se le antojaban ahora tan lejanos como si perteneciesen a otra persona.

La soledad y los espacios abiertos habían llegado a ser tan necesarios para él como el aire que respiraba. No odiaba a los hombres, pero se sentía más a gusto con los animales—las bestias son sencillas; no tienen doblez— se decía. La ética, la religión, las leyes escritas: quizás los hombres las necesitasen, pero no los animales. Ellos respondían siempre al amor o a la maldad y actuaban en consecuencia; lo había comprobado en infinidad de ocasiones.

Cuando su esposa Claudia vivía, los inviernos en la estancia eran otra cosa. Ella le había enseñado a leer en las largas anochecidas, junto a la estufa, después del trabajo diario; pero hacía siete años que faltaba y ahora estaba solo. A veces le parecía sentir su presencia, y le daba la impresión de que la encontraría — el pelo azabache recogido en largas trenzas y vestida con su pollera roja—saliendo de un barracón o dando de comer a las gallinas. Entonces miraba  la sencilla tumba, en un rincón junto a la capilla, y se instalaba otra vez en la realidad.

Esa noche, después de la cena, salió al porche a fumar. El frío era penetrante y el cielo parecía caérsele encima de tan estrellado. Se acordó de las noches de verano, en ese mismo lugar, mateando con Laurita y Juan, los patroncitos; disfrutando del fresco y de la conversación; observando largo rato la bóveda celeste de la que, de tanto en tanto, se desprendía una estrella fugaz.

—¿Por qué se caen las estrellas?— le había preguntado una vez Laurita.

—Son cerillas que Dios enciende rascándolas contra el firmamento, linda —le había dicho él.

Echó de menos a los chicos, al patrón y a los peones que le ayudaban en el verano a esquilar las ovejas. Le pareció estar oyendo otra vez sus voces y sus risas. En momentos como este la soledad se volvía dolorosa y tenía la sensación de que  no sería capaz de soportarla, pero Echegaray sabía que bastaba con resistir, con respirar hondo y olvidar el asunto. Un leve llanto de su perro le sacó de esos pensamientos.

Entonces observó algo de lo que no se había percatado hasta el momento; se trataba de una luminiscencia anaranjada que se extendía en el norte, ampliamente sobre la línea del horizonte, como si un incendio vasto consumiera ciudades y pastizales muy lejos de allí. Sintió inquietud y compasión por la gente que podría estar sufriendo esa calamidad. Conectó la estación de radio e intento comunicarse, pero esa noche había demasiadas interferencias y no pudo establecer contacto con el patrón ni con ningún otro interlocutor. El ruido tampoco le dejaba escuchar Radio 24 Patagonia ni Radio Nuevo Mundo, las dos únicas emisoras que habitualmente lograba sintonizar.

Se acostó frustrado y triste. —No empieces a amohinarte, flaco, si te dejas arrastrar por la melancolía no resistirás el invierno—murmuró.

Trató de dormir, pero no dejaba de darle vueltas a lo del incendio. Pensó en los miles de personas que vivían en el norte, tan diferentes y, al mismo tiempo, tan parecidos a él mismo. Recordó haber leído en algún lugar, que los individuos somos objetos de los que se vale Dios para percibir el mundo; así, a través de nosotros, le es posible distinguir lo que es bello y noble, de la fealdad y la inmundicia, y experimentar todas las cosas: la alegría, el miedo, la humillación, el amor, la compasión, el triunfo, la miseria… Le pareció un pensamiento hermoso (si eso era cierto, Dios percibía a través suyo la belleza diáfana de la Patagonia, la fatiga del trabajo, el gusto del mate, la alegría de galopar y la soledad inmensa).  También leyó una vez, en una vieja revista, que la tierra albergó vida durante millones de años; vida vegetal y animal, antes de que existiese el ser humano, y le daba por pensar que tal vez a Dios no le había sido suficiente esa percepción primitiva; que habíamos sido creados para otorgarle una sensibilidad más compleja. Pero quizás nuestra existencia fuese tan solo fruto de la casualidad. ¿Quién podía saberlo?

Por la mañana ensilló el caballo y recorrió varias leguas por las colinas solitarias. A la luz del día no se apreciaba en el horizonte el tenue fulgor que había desvelado la negrura de la noche. No percibió nada extraño, tan solo un leve olor en el aire, difícil de definir. No se quitaba de encima  la sensación de soledad  que le había asaltado la noche anterior.

Con la oscuridad volvió a aparecer el resplandor anaranjado. De nuevo trato de comunicarse por radio y de escuchar las noticias, pero nada. Se fue a la cama y soñó  que Claudia estaba acostada a su lado. Sintió las manos cálidas de ella apretando las suyas con ternura, y vio su rostro desdibujado y sus ojos negros, mirándolo, brillando opacamente en la penumbra. Los finos labios permanecía en silencio, pero los ojos expresaban muchas cosas; le pareció percibir en ellos una gran compasión hacia él.  Se despertó sudando. Debajo del catre, el perro se agitaba y gruñía, también en sueños.

Durante siete días persistió la luminiscencia en el horizonte nocturno; luego, se fue atenuando hasta desaparecer. Echegaray no conseguía sintonizar ninguna emisora en el transistor, así que seguía sin obtener noticias. Trató de usar la radio. Se identificaba, realizaba la llamada y esperaba contestación; así una y otra vez. Ya no había interferencias, pero un silencio de plomo fue la única respuesta a su insistencia. Estaba desconcertado y preocupado. Habitualmente, no le era difícil contactar con estaciones de Punta Arenas o de Rio Gallegos, e incluso había conversado en alguna ocasión con la Base Esperanza, en la Antártida.

Alguna vez, en caso de necesidad, no había tenido más remedio que abandonar unos días la estancia y acercarse a la pequeña ciudad de Sotillos, en el norte. En estas ocasiones recorría quinientos quilómetros en camioneta, por los caminos de tierra cubiertos de nieve y barro. Decidió que, si no conseguía contactar con el exterior, realizaría de nuevo el viaje.

De madrugada le despertó el relinchar de un caballo. Los animales estaban inquietos. —Ha de haber un león rondando— pensó. Dejó al perro encerrado en la casa y salió al exterior llevando consigo la linterna y la carabina. Fue rodeando las empalizadas, iluminando con la linterna los matorrales circundantes, hasta que, a unos cien metros de distancia, vio brillar unos ojos felinos. Disparó dos veces y escucho un corto rugido. Se acerco con cuidado e ilumino el cuerpo abatido del puma. El animal parecía haber estado enfermo; tenía restos de espuma cerca de las fauces y se apreciaban grandes calvas en su piel. No quiso tocarlo, solo lo cubrió con piedras y regresó a la cama.

En los días que siguieron, Echegaray se afanó en dejarlo todo preparado para su ausencia. Al final del día, se pasaba horas pegado a la radio, tratando infructuosamente de captar una señal. Luego se abrigaba y salía al porche a fumar un pitillo. De repente cayó en la cuenta de que llevaba muchos días sin divisar un solo aeroplano en el cielo. Aunque allí el tráfico aéreo no era abundante, de cuando en cuando, se veían  en la oscuridad las luces intermitentes de los aviones que volaban entra Ushuaia y Buenos Aires, o, de día, sus estelas blancas en los cielos azules. Se quedo largo rato contemplando el cielo, pero nada: solo una luna delgada y estrellas hasta decir basta. Estaba aterido de frío; se sintió pequeño, insignificante… Víctima de una broma gigantesca.

Recorrer doscientos quilómetros en camioneta le costó un día entero, traqueteando por los caminos llenos de baches. El perro, que iba echado en el asiento del acompañante, se mostraba más inquieto de lo habitual y gruñía de cuando en cuando. Al atardecer se detuvo en una loma que dominaba el terreno y montó la tienda de campaña. Aún necesitaría más de una jornada para llegar a Sotillos. Le pareció percibir, más intensamente, ese extraño regusto en el aire que había notado algunos días atrás. Taciturno, se puso a rebuscar leña para encender una hoguera. El perro comenzó a ladrar, llamando su atención, y el gaucho pudo contemplar, en una cañada que se extendía a unos cientos de metros de donde se encontraban, cómo una jauría de perros asilvestrados acosaba y daba caza a un guanaco para luego devorarlo. Amontonó más leña para avivar el fuego y se mantuvo toda la noche en un duermevela, alimentando el fuego de cuando en cuando y con la carabina cargada.

Antes de amanecer emprendió de nuevo el viaje. Después de recorrer unos  ochenta quilómetros se encontró con el más extraño panorama que podía imaginar: el camino atravesaba una llanura pelada, la cual, estaba sembrada con los cuerpos de miles de ovejas muertas que destacaban aquí y allá, como montoncitos de algodón sobre la tierra parda. Durante cientos de metros la camioneta avanzó despacio, evitando los cuerpos de los animales, hasta que finalmente se  detuvo. Echegaray comprendió que continuar hacia el norte significaba la muerte. Pensó de nuevo en Juan y Laurita, en el patrón y en todas las personas que conocía en Sotillos y en los alrededores. Una gran congoja se apoderó de él. Emprendió el regreso conduciendo como un autómata, con la mirada ausente fija en el camino. Hasta que se limpió la cara con el dorso de la mano no se dio cuenta de que lloraba.

Durante el resto del invierno el gaucho decidió dedicarse intensamente al trabajo. Quizás todo se solucionase de alguna manera y los patrones regresarían o, en cuanto pudiesen, enviarían a alguien a buscarle y a darle instrucciones. Mientras tanto, él permanecería allí, cuidando del lugar. Se resistía a perder la esperanza y se propuso no dejarse llevar por la melancolía, pero no podía evitar cavilar, e intuía que algo realmente desastroso había sucedido. Era muy consciente de la estupidez del hombre y de su capacidad para la destrucción. Otro con menos temple, un hombre de la ciudad, quizás se hubiera rendido, pero él esperaría; merecía la pena con tal de volver a estrechar la mano de un semejante u oír otra vez la risa de los chicos.

Los meses se hicieron interminables. Un día Echegaray desempolvó la guitarra y entonó algunas chacareras, para ver si los acordes y el sonido de su voz le animaban; pero las canciones le sonaron extrañas, como pertenecientes a otro tiempo: vestigios del mundo en el que vivieron quienes las habían compuesto para expresar su forma de vida y lo que amaban; una cultura viva para quienes las tocaron y cantaron por primera vez; algo que se pensaba eterno y era fugaz.

La primavera llegó por fin, y el calor fue derritiendo los neveros que persistían en las umbrías de las montañas; sin embargo, ese año no regresaron las golondrinas ni ninguna otra ave migratoria. Era la primera vez que Echegaray no veía las bandadas volando en formación, muy altas, en dirección al mar.

Pasaron tristes las semanas y con ellas se desvanecieron las esperanzas del gaucho de que alguien regresara a la estancia. Tal vez Dios había decidido borrar al hombre de la faz de la tierra; de ser así, él no le enmendaría la plana. Trató de imaginar el bagaje que los seres humanos habían acumulado a lo largo de tantas generaciones. ¿A quién le sería de utilidad ahora toda esa experiencia? ¿Dónde quedarían guardados los sentimientos y vivencias de tantos seres, a lo largo de decenas de miles de años? ¿En qué vasta memoria; en qué eterno olvido?

En una vereda moteada de flores Echegaray fue juntando un ramito. Luego compuso un poco las piedras que sostenían la sencilla cruz de la tumba de su esposa y depositó allí las flores. Se despidió  con ternura del perro y de los caballos, y fue abriendo de par en par las puertas de los corrales. Cargó la carabina, echó una lenta mirada a la belleza que le rodeaba y se disparó en la cabeza.

El perro se quedó muchas semanas cerca de los restos de su amo. A veces se ausentaba durante unas horas, hasta que lograba cazar algo que le sustentara, y luego regresaba junto Echegaray y se tumbaba a su lado sollozante. Un día, una jauría atacó la estancia. El noble animal les hizo frente con valor, pero finalmente murió despedazado. Los perros asilvestrados acabaron con los animales que quedaban en el lugar y luego se dirigieron al sur, recorriendo libres los páramos; señores de todo cuanto les rodeaba.

Mitomanía

Hubo una época en la que intenté imitar a Bogart. Poco a poco fui adoptando sus ademanes de tipo duro,  asimilé su seca masculinidad, e incluso traté de imbuirme del idealismo que, a pesar de su cínico comportamiento, se adivinaba en los personajes que solía interpretar en la pantalla. A la hora de buscar un empleo opté por el ramo de la investigación privada; y, al final, me metí tanto en el papel que comencé a fumar su marca de cigarrillos y a beber su mismo güisqui; de manera que la cosa se me fue de las manos y mis familiares acabaron por internarme en una casa de reposo.

Por fortuna he logrado curarme. Ahora trabajo de chupatintas en una oficina, pero no me quejo; supongo que busco mi propio camino y la forma de recorrerlo. Sin embargo, no siempre es fácil, ya que el destino parece empeñarse en ponernos a prueba. Desde hace dos días, tenemos una nueva becaría en la oficina que se parece endemoniadamente a “la Flaca”— incluso posee su magnetismo e inteligencia— y claro, entre eso y que llega la primavera, me estoy temiendo una seria recaída.

(Este microrrelato participa en la página “estanochetecuento” cuyo tema es my way. )

La última palabra

Roque “el Tiznao” era el más testarudo del pueblo. Cuando murió dejó abiertas varias controversias sobre diferentes cuestiones; ya que, por más diáfanamente que los hechos le pusieran la verdad ante los ojos, jamás se desdijo de una opinión ni dio del todo su brazo a torcer.

En su lápida dejó escrito: “El tiempo me dará la razón”.

( Este microrrelato participa en la página estanochetecuento.com, cuyo tema este trimestre es: epitafios.)

Fábula

He oído decir que los niños de teta, cuando oyen llorar a otro bebé, o sienten que alguien sufre cerca de ellos, se muestran tristes e inquietos, e intentan consolar a quien padece, y no recobran la alegría hasta que la paz vuelve a reinar en su entorno. Me pregunto en qué punto del camino perdemos o se nos arrebata esa cualidad.

Entre nuestra ciudad y la de los tolmenos la tierra se despeña en un profundo cañón por cuyo fondo discurre, mil metros más abajo, un río de aguas terrosas e inquietas. Llamamos a este barranco la depresión del Rifell.

Durante mucho tiempo, nuestra ciudad estuvo aislada de los tolmenos y de las otras tres ciudades que pueblan la margen oriental del Rifell, viviendo de espaldas los unos a los otros; pero, hace un siglo, nuestros antepasados construyeron un puente de admirable ingeniería en el lugar donde los dos extremos del precipicio se acercan como queriendo tocarse, y desde entonces hemos disfrutado del comercio y del intercambio con las culturas del este.

Aquellos de nosotros de espíritu viajero, dejamos de estar limitados a las ciudades occidentales o a las playas del sur, abriéndose a nuestros ojos el exotismo de las poblaciones del otro lado, con sus villas, monumentos y mercados. Y los tolmenos aprendieron de nuestra ciencia; y nosotros de su medicina; y, con el paso del tiempo, fuimos observando con placer cómo los vecinos iban adquiriendo algunas de nuestras más queridas costumbres, y una cierta hermandad se ha forjado entre nosotros, de manera que hoy nos gusta llamarnos “los pueblos de las riberas del Rifell”.

Un día, sin que nadie lo esperase, llegaron los urnos, pueblo guerrero de las estepas orientales, y cayeron como la tormenta sobre las cuatro ciudades del este; pero a nosotros no nos atacaron.

En mi opinión, esta estrategia es un síntoma de gran inteligencia por parte de los urnos, aunque nuestros dignatarios afirman que ha sido nuestra ciencia y potencia militar la que ha disuadido a los invasores.

Nuestros vecinos de las cuatro ciudades han luchado valientemente, a pesar de lo inesperado y violento del ataque; pero los urnos se han adentrado ya en gran parte de sus territorios, perpetrando atrocidades y causando gran mortandad. Nosotros, por nuestra parte, hemos cerrado y fortificado el puente, estableciendo rigurosos controles fronterizos.

Aún así, una oleada de desesperados logró atravesar hace unos meses el puente, hecho que sirvió de detonante a fuertes controversias, pues algunos abogaron por hacer un frente común con los tolmenos, mientras otros, se han negado desde el principio a intervenir en la guerra, y advierten del peligro que supondría para nuestro bienestar recibir un éxodo masivo de desplazados.

El debate era encendido y caldeaba cada vez más la vida pública; hasta que una noche, mientras dormíamos, sentimos un estremecimiento y una sorda conmoción, y la luz del día nos reveló que alguien había volado el puente sobre el Rifell.

Va pasando el tiempo y la vida continúa en nuestra ciudad, donde no dejamos de acudir a las carreras de caballos que tanto nos gustan, y de celebrar competiciones deportivas así como concursos de belleza. Nuestro príncipe ha organizado recientemente unos juegos florales donde varios dignatarios han sido condecorados con la medalla de la paz, destacándose en los discursos el merito que este galardón supone en tiempos tan convulsos. Y en el verano viajamos a las playas del sur, y todo es normal, de no ser porque, a veces, en el fondo del cañón, se ven pequeñitos los cadáveres que el río deposita en la orilla.

Los que viven cerca del barranco, han visto alguna vez, figuras que pasean cabizbajas del otro lado, al borde del abismo, y que acaban por arrojarse al vacío.

A veces algún intrépido logra atravesar la corriente y escalar la  inconsistente ladera del barranco llegando con vida hasta nosotros, pero es recibido con frialdad por nuestros soldados, y, ante la imposibilidad de devolverlo, es internado con otros exiliados en un miserable campamento provisional.

Contra todo pronóstico, los tolmenos, siguen resistiendo, pero al parecer sus enemigos les han acorralado contra la depresión del Rifell, donde se teme que se produzca una terrible matanza.

Nos llegan además otras noticias inquietantes, que algunos tildan de rumores: se dice que los urnos han rodeado ya la depresión del Rifell por el norte y han pasado a este lado, atacando Aúrica, pero respetando al resto de nuestras ciudades. También se dice que las poblaciones más próximas al conflicto, están levantando un muro que las separe de  Aúrica y de los urnos.

Queremos pensar que todo eso sucede aún lejos de nosotros, y continuamos con nuestro día a día, aunque, eso sí, evitamos acercarnos al Rifell, porque a menudo se oyen del otro lado, gritos atroces, y las aguas, allá  en lo hondo, descienden a veces demasiado rojas, y esas cosas le producen desazón a cualquiera.